lunes, 24 de agosto de 2020

Ni hombre ni mujer: soy de género neutro

Desde siempre me han gustado las mujeres. Aunque ese descubrimiento infantil lo tuve que ocultar en el mismo saco en el que estaban mi amor por las botas chirucas y los pantalones de mi hermano. 

Con el tiempo, y tras todos los vaivenes emocionales que pasamos las criaturas LGBTI para crecer y ser queridas, conseguí sentirme razonablemente aceptada por la sociedad a pesar de mi orientación sexual. Así que, tras salir del armario en casa y en el trabajo, milité durante años en colectivos visibilizándome como lesbiana.


Y tras protagonizar la primera boda lésbica de mi ciudad, formar una familia numerosa homoparental,  divorciarme y contar como bloguera la experiencia del cáncer de mama en mi piel, creí que no me quedaban nuevos capítulos por vivir en el activismo social, más allá de seguir siendo visible día a día, para atestiguar que la gente mayor LGTBI también existe..


Pero hace tres años volví a casarme. Cualquier boda es un pequeño huracán familiar, y en nuestro caso nos divertimos muchísimo con nuestros cuatro peques organizando e inventando. Y de forma natural, se formó el equipo de “la novia”, con María y las dos niñas, y el mío con los chicos, para prepararlo todo. Ellas iban a sus pruebas de vestido, y nosotros encargamos nuestras pajaritas a juego, y el coche en el que iríamos juntos. Fueron unos meses fantásticos, y un día que aún me emociona recordar. No sólo por todo lo que significó, sino también porque quien sale en las fotos, por fin, empiezo a ser yo. 

¿Y por qué tardé tanto en encontrarme?


Pues ocurre que hay tres planos muy confusos que orbitan alrededor nuestro sin percatarnos, pero  que cuando no cumplen con lo establecido, te complican dolorosamente la vida: la identidad, la orientación sexual y la expresión de género. 


La identidad es el sexo al que pertenezco. Las personas que nacen con el sexo sentido, son cisexuales. Las que no, son trans. Y si vienes al mundo con cuerpo de mujer pero tu sexo sentido es de hombre, o al revés, te queda un espinoso camino por delante, que en demasiados casos se ve amenazado por la exclusión social.


La orientación tiene que ver con el deseo. Si deseo a personas de mi mismo sexo, soy homosexual. Heterosexual en el caso contrario. Y bisexual en el caso de que me gusten ambos. Todo eso independientemente de mi identidad, de manera que si soy una mujer transexual (nacida como varón biológico), seré además lesbiana si me atraen otras mujeres.


Y la expresión de género habla de cómo me visto, cómo llevo el pelo, cómo me siento o muevo las manos al hablar. Independientemente de mi identidad y mi orientación, puedo ser una persona más masculina o más femenina en la forma en que me presento ante el mundo.


Así que vuelvo a la niña que yo era, que deseaba vestir con la ropa de su hermano y cortarse el pelo, aunque no la dejaban. Todo el esfuerzo de los siguientes 40 años fue para pedir permiso al mundo para ser lesbiana, y encontrar un puerto seguro para vivirlo. Pero aún me faltaba encontrar una expresión de género con la que estar a gusto. Porque la sociedad había reprimido la mía, y no encontraba el camino. De ahí las temidas fotos del pasado, que reflejan a alguien atrapado en horrendas faldas y melenas sin gracia. Cuando tu impulso se reprime, solo te queda adaptarte al disfraz, y las pocas ganas se notan.


En mi segunda boda me lancé a ser yo.  Lo que pudo parecer una adaptación del prototipo heterosexual, por nuestra ropa y nuestros roles, en realidad obedece a algo muy genuino: mi expresión de género es andrógina, y la de María, femenina. Casarme con traje de chaqueta sin ser Ellen Degeneres suponía enfrentarme al juicio social. Pero al final la autenticidad fue la gran vencedora, y todo el mundo se sintió feliz al vernos radiantes en la afirmación, no solo de nuestro amor, sino también de quiénes somos.


Desde entonces, me escucho, experimento y voy recuperando la voz que perdí a los ocho años. Y ahora es cuando la sociedad me enfrenta al binarismo de género:¿soy hombre, o soy mujer? Uno de los instintos humanos más primarios es sexar a la persona que tienes enfrente, en cuanto la ves. Los camareros se deshacen en disculpas cuando me tratan de señor en el restaurante, y mi voz femenina les desmiente de pronto el juicio previo. A mi no me molesta, pero empiezo a echar en falta una mirada más amplia. Igual que ya no me siento bien cuando María me presenta como “mi mujer”, y hemos buscado alternativas a nuestro lenguaje común, incluyendo mi nombre.


Pero ¿significa esto que he dejado de ser mujer, y voy a transitar para convertirme en hombre? No. Tengo un cuerpo de mujer, y muchas características mezcladas. Soy una persona trans no binaria, que no necesita decidir a qué sexo pertenece. También se llama género neutro, o tercer género. O género fluido, aunque este no es mi caso, porque no me levanto más mujer o más hombre: permanezco siempre en el mismo sitio intermedio. 


¿Esto me crea algún problema? Pues sí. Ahora que empiezo quitar capas sociales a mi cuerpo, lo que incluye algunos kilos de más que me añaden curvas no deseadas, me preocupa que me llamen la atención al entrar en los baños de mujeres. O que mi nuevo apellido, ‘trans’, me traiga incomprensión y rechazo. Pero sé que no es nada que no pueda, de nuevo, superar.


Porque los años son un grado, y el elefante tiene la piel curtida después de tanto vagar por la sabana. Así que sigo adelante, y lanzo esta historia para que llegue a otras personas a las que quizá reprimieron también el caminar con las manos en los bolsillos y silbando, o pintarse las uñas y colgarse un bolso al soltar la mochila escolar. Entre el blanco y el negro hay muchos tonos de gris... ¡y de mil colores más!


(para leer el artículo en el Diario Público, pincha aquí)

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