domingo, 2 de septiembre de 2018

Las pérdidas que no nos permiten llorar

Hace 14 años que perdí a mi hijo Claudio. En septiembre de 2004 yo era una madre feliz, con una preciosa hija de un año y viviendo un embarazo muy deseado, que estaba ya en su ecuador. Pero en la ecografía de control, tras unos ilusionados segundos esperando para oír, como otras veces, el latido, su ausencia habló por sí misma. La ilusión se volvió angustia, la angustia una negra certeza, y ya no hizo falta que nos dijeran que su corazón se había parado.



Recuerdo elaborado por la autora sobre un dibujo de Álvaro Manzanero.

Me ingresaron en el hospital, y me medicaron para inducir el parto. Pero fue más lento de lo previsto, y pasé dos días enteros en el paritorio. Yo sabía bien de la ilusión de esas horas de espera, de la mano de tu pareja, y con la familia dos puertas más allá pasando nervios hasta que llega el ansiado llanto del bebé. Sin embargo esta vez me acompañaba solo el silencio. Las horas resbalaban unas sobre otras, densas y sordas, sin más sonido que el de mi mente queriendo racionalizar la situación para no salir corriendo.

Parirlo no fue más fácil que dar a luz a un niño vivo. Y por contra, qué duro asimilar que todo ese esfuerzo que te rompe las entrañas es para traer al mundo a un hijo muerto. Un fantasma sin nombre al que el médico, en un exceso de paternalismo trasnochado, no me dejó siquiera ver, ni besar.

Mi segundo hijo no tuvo nada para él. Ningún familiar en la sala de espera, tomando café en las largas horas de paritorio. Ni una canastilla, ni celebración. Ni siquiera un nombre. Como llegó se fue, y sólo quedó un espeso silencio de años. Porque una vez que me levanté de la camilla, nadie más volvió a nombrarlo. Ni en casa, ni en la calle, ni en el trabajo. Pasó a ser un mal sueño, y yo cumplí con mi papel de no molestar a nadie con mi propio dolor. La pena negra quedó aprisionada en lo más hondo, como si no existiera.
Ha pasado el tiempo, y hoy tengo una feliz familia numerosa y bastante poco tiempo para pensar. Pero la vida guarda ases en la manga, y hace unas semanas acompañé a mi mujer a un festival de cine que organizan cada año sus compañeras matronas. A lo largo de varias tardes disfrutamos de películas divertidas y emocionantes sobre la maternidad. Y el último día, también de un intenso documental: Still Loved. No sólo cuenta la historia de siete familias que se recuperan de la pérdida de sus bebés, sino que planta cara al tabú social de la muerte fetal y ofrece emocionantes visiones de cómo cada una se enfrenta a la pérdida y la trata de superar.

Yo no estaba segura de querer ir a esa sesión final, pero a última hora me armé de valor y lo hice. Tenía mucho miedo de meterme en terreno desconocido, después de años de contención. Y fue duro, pero también sorprendente. Porque me abrió la puerta a la consciencia. Y por fin me di permiso para recordar que no sólo había perdido un bebé, en el que ya había proyectado tanto amor. Sino que además, al no haber sido a término, no había podido enterrarlo ni llorarlo con los míos. Ni siquiera tenerlo en mis brazos, algo tan terapéutico y necesario para poder hacer el duelo.

En el documental pude ver a madres y padres bañando y vistiendo a sus bebés muertos, y despidiéndose de ellos. Pero con ser imágenes terribles, lo que me rompió el corazón fue ver el jardín de recuerdos hecho por las familias, donde ellas y muchas otras que no habían podido cerrar el doloroso ciclo -porque no tenían un bebé al que besar y acunar por primera y última vez-, hacían con sus manos algo que les permitiera honrar y recordar a su criatura.

Hasta ese día no fui consciente de que llevaba años viviendo con un dolor secreto. Entre otras cosas porque la sociedad no se atreve a nombrar esas pérdidas. Sin embargo, sin apoyo emocional y reconocimiento es muy difícil superarlas.

Mientras veía el documental salía de mí una pena honda, un llanto antiguo que llevaba años enterrado, y no lo podía refrenar. Las matronas de la organización de MUMACÍ tuvieron el acierto de abrir al final un debate con una psicóloga y tanatóloga, especialista en pérdidas y duelo, que fue contestando con empatía a las preguntas y declaraciones de las madres y padres que estábamos en la sala. Ninguna de ellas se hizo sin lágrimas, y fue un bálsamo ese caudal común.

Al volver a casa busqué el informe del hospital, y apunté la fecha del parto. Ya tenía algo de mi niño. Luego verbalicé uno de los nombres que en su día barajamos su madre y yo para ponerle, y lo hice suyo. Y finalmente, con mis manos, preparé un recuerdo que he colgado junto a mi cama. Un cuadrito casero que al acabar cada día, después de arropar a mis otros peques, me permite darle a mi Peter Pan, a mi niño que nunca creció, un beso volado de buenas noches.

Cada día hay familias que pierden a sus criaturas en el camino. Démosles la oportunidad de llorarlos, de decir su nombre y de elaborar su duelo. Porque eso convertirá el llanto en sonrisa, cuando podamos permitirnos por fin llevar a nuestros bebés en el corazón.

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