martes, 1 de marzo de 2016

Mujeres que miran a sus hijos

Me acerco a los 50 años, que es recorrido suficiente para ver las opciones vitales que han elegido las mujeres de mi entorno. Mujeres solas, mujeres en pareja, mujeres que han decidido no ser madres, mujeres que han querido serlo y otras a las que la vida se lo ha impuesto.

Yo estoy en el grupo de las madres por elección, aunque una parte de ella venga, claro, de cómo la sociedad nos vende el sueño de ser madres. Que si nos declarásemos en huelga, a ver cuánto le duraba el chiringuito.

La cosa es que yo creía que la maternidad eran bebés rollizos, sonrisas y balbuceos y jugar a las muñecas. Como nos ocurre a todas. Y pasé diez años criando a mis criaturas en ese mundo mágico que las madres y padres inventamos para ellas. Es fácil, cuando todo se da bien, disfrutar de esos momentos únicos. Aunque se van muy rápido.

Menos mal que, así como las endorfinas del romance son necesarias en la pareja, que se vincula para afrontar las dificultades futuras, las niñas y niños vienen a nuestra vida en un formato adorable para despertar nuestro instinto maternal y garantizar su supervivencia. Palabra que creías referida a que se críen bien y sanas, y que va alargando su sentido para cubrir la terrible adolescencia. Si no hubieras idolatrado a aquel bebé, a ver quién te frenaba en momentos límite para no mandar al larguirucho contestón a un internado.

Pero ese vínculo, que es de doble vía, también sirve para pasar juntos por situaciones difíciles para toda la familia. Las parejas se deshacen con frecuencia en esta sociedad en la que las uniones, cada vez más, son libres y no obedecen a intereses económicos ni sociales.

Una se empareja pensando que es para toda la vida. Y cuando  te separas y hay criaturas por medio, ya nada vuelve a ser igual. Ni su infancia, ni tu manera de relacionarte con nuevas parejas, si decides hacerlo y tomarte la vida como un deporte de riesgo.

En mi caso ha sido toda una revolución personal rehacer mi vida con una mujer que también es madre. Pensé que había una cámara oculta cuando esto empezó a ir en serio. Y  es que sumamos cinco peques, dos hijas y tres hijos, entre las dos. Ahora, casi dos años más tarde, doy fe de que las dificultades se multiplican, y mucho. Pero el amor también.

Ya no tenemos bebés que van adonde los llevas. Sino personitas que piensan y sienten. Y yo, que creía que lo mejor había pasado, me sorprendo mirando nuestro salón repleto de actividades y  juegos inventados. Nuestra prole tiene, como todas, sus momentos de ser pesada, ruidosa y dada a la discusión. Pero cada vez son más los ratos de planes compartidos al calor de la familia. Estos pequeños rebeldes no tienen pelos en la lengua, y nos diseccionan entre risas. Pero también celebran con nosotras el amor y la vida, siendo conscientes de quiénes somos y de la magia que nos ha puesto juntos en el camino.

Así que pienso en las opciones que tenía como mujer y, a pesar de que nada es un camino de rosas, me ratifico en la que he elegido. Me declaro feliz, absolutamente enamorada de mi gran familia. Y agradecida a la vida. Porque guiar a estos seres para salir al mundo, y hacerlo de la mano de la mujer que amo, es un regalo que da sentido a mi existencia.

2 comentarios:

Alicia dijo...

Es verdad que esto es una gran aventura, y que no todo responde a lo que nos imaginábamos cuando planeamos ser madres. Creo que los clichés no ayudan: las expectativas son tan altas en el mundo de las emociones...
Y aún así, y aún así, esos chiquitajos, o no tan chicos, tienen la capacidad de volver nuestro mundo del revés, de sacarnos de nuestras casillas, de emocionarnos hasta el tuétano, de regalarnos momentos que bien valen una vida.
Y quien no ha compartido esos momentos en pareja, de madrugada, hablando bajito para no despertar a los niños, comentando sus problemas y alegrías o aguantando la risa con sus ocurrencias... no sabe lo que se pierde.

Estelas de vida. dijo...

Muy tierno y realista tu post Mayte, hacía tiempo que no pasaba por aquí. Después de la adolescencia viene (en muchos casos, no todos) la madurez, y ahí te darás cuenta de que ha valido mucho la decisión que un día tomaste de hacerte cargo de sus vidas. De que siempre se puede rectificar lo que uno pensó que era un caos en un momento dado, la educación es ardua y sobre todo porque no tenemos un librito dedicado a cada uno de nuestros hijos con sus indicaciones particulares. De todas formas, tú y yo sabemos, que la madurez es eso: tomar el timón de nuestras vidas y ellos también lo harán, ese será el momento de corregir lo que no les gustó. Un abrazo.

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