martes, 22 de abril de 2014

La cocinita de madera


Estos días estoy asida a la infancia de mis peques como si empezara a despedirla. Amueblo sus habitaciones en la casa a la que acabo de mudarme con una ilusión que no recordaba desde el embarazo de mi primer bebé.

Y es que el ver a Amalia estrenar habitación para ella sola es una especie de adiós al cuarto de juegos infantil.

Por eso no puedo evitarlo, y al tiempo que le preparo a ella todos los detalles que le pueden hacer sentir mayor e importante, me deleito en ralentizar los días de los pequeños.

Mis dos rubios geniales, los hombrecitos de mi vida, también van a tener una sorpresa en su nueva habitación. Van a tener un juguete que para mí es único: una cocina de madera como las de verdad.

No le falta de nada: fuegos que se iluminan, y un horno muy capaz, como diría mi madre. Pero además tiene batería de cocina, juego de espumaderas y set de repostería. Y tazas y platos de porcelana. Y copas hexagonales. Y un montón de comiditas (verduras, hortalizas, carnes, frutas) de tela de colores. Y hasta la cesta para ir al mercado.

La mesa y las sillitas que les he comprado son también de madera, blancas y pequeñas, como del cuento de Ricitos de Oro. Yo sé que la mayoría de madres y padres compran para el futuro, y en nada mis principitos se saldrán por los lados del asiento. Pero yo quiero vivir despacio e intensamente sus ocho y sus cuatro años, y deleitarme en este momento que solo dura un instante, pero que es justo ahora.

Estoy contando las horas hasta el jueves, en que Amalia verá la sorpresa inesperada de su nueva habitación. Llevo semanas buscando y rebuscando hasta el último detalle para que sea el mejor de los regalos para ella, y por cómo está quedando creo que estoy cerca de conseguirlo.

Pero la cocinita de madera es otra cosa. La imagino en las manos regordetas de mis rubios, ideando banquetes de cuento, y he de confesarme la verdad: el regalo en este caso es para mí.

Porque cuando tienes bebés te parece que ya es para siempre. Y cuando crecen sientes la estafa del tiempo... ¿por qué nadie te avisa de que la infancia es tan corta? Yo no quiero que salgan aún del mundo de la fantasía, de la despreocupación feliz. Y amante de lo simple como soy, nada se me antoja más adorable que un gran juguete de madera con horas de diversión y creatividad por delante.

Así que en dos días inauguramos adolescencia, pero también restaurante infantil, con especialidad en comidas sin gluten en atención a mami, que mis chicos son muy considerados. Y pienso pasarme en esas sillas más horas de las que mi espalda pueda aguantar, y probar todos los guisos del mundo, mientras grabo en mi retina los movimientos y el formato minúsculo de estos peques que en nada ya no lo serán.

Porque todo gira muy rápido, pero si me abrocho a su risa desbordante y nos mantenemos en el centro de la rueda, cada minuto tendrá la facultad de ser nada y todo a la vez. Y esa es la receta mágica, la piedra filosofal: ese es el verdadero milagro de la infancia.

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