domingo, 24 de noviembre de 2013

Aún no he aprendido a ser mujer

Dicen que cuando estás a punto de morir pasa toda tu vida delante de tus ojos. Yo no estoy en ese caso, y sin embargo estos días me siento haciendo inventario de mi vida, como antesala de un cambio importante.

Y es que estoy repasando mi relación con el amor.

Si voy hacia el origen, veo que me pasé la adolescencia y mi primera juventud intentando sobrellevar esa etapa tan desestabilizadora de los primeros amores con el lastre añadido de tener que ocultarlos a la sociedad.

Y fui construyendo mi vida amorosa sin referentes, sin contacto tampoco con otras chicas como yo, viviendo las frustraciones de enamorarme de mujeres heteroflexibles que no se atrevían a dar el salto y siendo negada constantemente. 

En la treintena me planté. Un día decidí que no podía vivir más en la mentira, y a partir de entonces desafié a mi entorno a aceptarme o dejarme. También ayudó enamorarme de la mujer con quien creé mi familia, un proyecto retador como pocos y que tanta alegrías y estabilidad ha traído a mi vida.

Esos 12 años juntas, con tres criaturas y boda mediante, fueron un gran entrenamiento social. Aprendí a nadar en aguas difíciles, y pensé que lo había hecho para nota, visibilizando mi realidad y haciéndola llegar a todos los ámbitos de mi vida. Fuimos ejemplo para un entorno de trabajo muy amplio, por los trabajos de ambas. Para nuestras amistades. Y para madres y padres del colegio de lxs peques, donde nos adelantamos a visibilizar nuestro modelo de familia para allanar el camino de la normalización.

Y en el terreno de pareja vino el final de nuestra relación amorosa. Me fui a una nueva casa cuando me enamoré de una mujer que me sacó de mis zapatos. Ella era mi primera pareja abiertamente lesbiana (tuve que esperar a los 40 para encontrar al fin mi sitio en ese sentido). Y no sólo eso: la vida me ponía delante a una activista feminista y lésbica, que me guió por un camino desconocido e incómodo para mí. Y poco a poco fui entendiendo que en mi forma de visibilizarme había jugado las reglas del mundo heteronormativo. Escondiendo mi pluma y las manifestaciones que pudieran molestar a la sociedad en la que vivía (el ejemplo más sangrante, el beso que no di a mi exmujer en nuestra boda), en un acuerdo tácito de "yo vivo según las reglas, y a cambio la sociedad me permite ser y estar".

Esa relación también acabó, pero me dejó puestas unas gafas violetas con las que el mundo no ha vuelto a ser el mismo. Con ellas aprendí la diferencia entre sexo (las características biológicas con las que nacemos) y género (todo aquello que la sociedad reserva para nosotras por ser mujeres). Y día a día me he esforzado por cuestionar la mochila de docilidad, fidelidad, sensibilidad, deseo de maternidad, debilidad y sumisión inherentes a la construcción del papel femenino en nuestra sociedad. 

Así que yo, que pensaba que ya había cumplido con creces con la creación de la primera familia numerosa homomarental de la isla, me di cuenta de que mi activismo estaba en pañales, y que tenía que empezar a formarme si no quería reproducir todos los roles de la sociedad patriarcal en mis peques.

Llevo tres años aprendiendo y practicando para hacer de mi hija y mis dos hijos personas igualitarias: en el lenguaje, en el comportamiento y en el respeto hacia las mujeres, que somos las grandes perdedoras en un lenguaje que nos ignora, en la desigualdad de opciones laborales, en la depredación sexual que nos hace blanco fácil de abusos y violencias (y quien crea que estoy siendo extremista, que revise el número de mujeres muertas en España a manos de sus parejas desde la democracia, superior a la de víctimas de ETA).

Y mientras tanto, he tenido una vida amorosa muy intensa -cuatro parejas en cuatro años- que me ha ido trayendo en cada situación un reto diferente. Por supuesto que en el momento no tienes visión de conjunto. Pero ahora, quizá porque al fin empiezo una etapa de soltería consciente y aceptada, soy capaz de entender el papel que jugó cada una de estas cuatro mujeres (tan absolutamente diferentes) en mi aprendizaje como persona.

Ellas me enfrentaron a mis miedos, a mis limitaciones y a mis carencias, y me he hecho mucho mejor persona después de aprender la lección, a veces muy dura, que traían consigo. Pero si pongo el macro al objetivo, también me quedo con la idea de hay patrones que se repitieron en algunas de esas relaciones, que fueron ajenos a mí, y que darían para otro blog completo.

Y ya sabemos que las cosas nunca son por casualidad. Si he llegado a este pensamiento, es porque estoy dispuesta al fin a hacerle frente. Pero es que además la vida me pone delante las herramientas para llegar al fondo del asunto.

Lo cierto es que a los pocos días de empezar este camino me crucé con un taller de un grupo de mujeres trabajando por despertar a una realidad como seres completos, sin necesitar apoyarnos en relaciones de pareja para llenar ese vacío que la sociedad nos impone a las mujeres desde que nacemos.

Llevo días dando vueltas a cómo esa concepción del amor romántico nos tiene a algunas estrellándonos una y otra vez contra el cristal de la ventana. Y es que, tal como hablábamos en el taller, "El amor en sí no es malo, lo que daña gravemente la vida de las personas es establecer relaciones afectivas dentro de un marco que no es real, que nos degrada como personas, que anula nuestro individualismo y que, por tanto, crea frustraciones. Si nos movemos en ese terreno, la infelicidad está asegurada. Depositar en la otra persona la responsabilidad de nuestro equilibrio emocional y perder la individualidad es lo verdaderamente perjudicial y peligroso".

Como reza el viejo proverbio, la maestra llega cuando la alumna está preparada. Y es que unas semanas después, en el área de Políticas Lésbicas de Algarabía, el grupo LGBTI en el que milito, dos profesionales de la talla de Amaya Padilla y Lourdes Bravo han puesto en marcha un programa de trabajo para todo el año que me regala los ingredientes que necesito para construir una relación sana conmigo misma y con el amor. De diciembre a junio iremos desgranando nuestras realidades: La construcción de la identidad de las mujeres y de la identidad lésbica, Relaciones afectivo-sexuales, Violencia intragénero, Erotismo y por último Salud. Desmontaremos mitos, revisaremos la forma en que construimos nuestras relaciones de pareja y trabajaremos planteamientos que nos permitan sanear apegos y limitaciones. Y sabiendo que, tal como dijo Audre Lorde, "las herramientas del amo no destruirán la casa del amo" (entendiendo como amo la sociedad patriarcal heterosexista), intentaremos hacerlo desde nuevos puntos de vista, con otras bases que nos permitan construir nuestra propia identidad.

Qué largo está siendo este camino, si miro desde el inicio de mis catorce años. Y, sin embargo, ahora es cuando empiezo a intuir la mujer libre y completa que puedo llegar a ser. 

Bienvenida sea.