jueves, 11 de julio de 2013

Demasiado joven, demasiado valiosa para irte

Ayer hablaba por teléfono con una amiga, de camino a una reunión de trabajo, cuando me contó que acababa de ver en las noticias la muerte de Concha García Campoy.

Sentí un golpe en el estómago. Y después de colgar, en el rato largo de conducción que me quedaba, me pregunté por qué la noticia me había dejado tan desinflada.

Yo no soy forofa de la radio. Ni de la gente famosa (y con eso no me refiero a quienes salen en la tele engrosando el negocio de la basura del corazón, sino a quienes lo son por méritos propios).

Pero de alguna manera hay referentes que son intocables. Yo no sería quien soy si no hubiera habido una Martina Navratilova que le dijera al mundo, años antes, que es digno ser lesbiana.

Y en la lucha contra el cáncer hay pocas personas mediáticas que visualizan su batalla. Cuando quien lo hace es, además, un referente admirable para nuestra sociedad como lo ha sido Concha, una la incorpora con la cercanía de una hermana o una amiga del alma. Su lucha pasa a ser nuestra lucha.

Por eso, cuando ayer me conmocionó la noticia, sentí -como tantas personas en nuestro país- un profundo sentimiento de pérdida.  Pero también algo añadido, común a quienes hemos superado un cáncer y creemos -como ella lo pensaría tras ganar su primera victoria- que es para siempre. Y es que su muerte me ha hecho sentir que tengo el techo de cristal.

Te has ido muy pronto, Concha, en una lotería injusta e indiscriminada. Sólo puedo desearte buen viaje, y que la rueda de la vida te traiga pronto de nuevo a este mundo, porque hacen falta más seres como tú.



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