sábado, 15 de junio de 2013

Una canción para Andrés

En mis años universitarios, durante una gira con mi coro por la antigua Yugoslavia -ya con la guerra de los Balcanes en ciernes-, tuve un incidente en un tren de refugiados albaneses que me dejó durante años como secuela una claustrofobia aguda. Y se manifestó en el túnel que sube a la cúpula de San Pedro, en Roma. Con mucha angustia conseguí llegar al balcón (ese por el que asoman los papas). Pero era incapaz de hacer el camino de vuelta.

Pasaban las horas y mis compañerxs de coro se desesperaban, porque iban a cerrar la Basílica y no había forma humana de hacerme entrar de nuevo en la oscuridad de aquel pasillo cerrado.

Finalmente se hizo la luz, y a alguien se le ocurrió que fuéramos cantando mi obra coral favorita, todxs a una. De modo que cerré los ojos y pude olvidar que entraba en un túnel: una mano me guiaba, otra me seguía, y la música me acompañó hasta que llegamos a cielo abierto.

A la vuelta de ese verano me fui a vivir un tiempo a Nueva York, y no fui capaz de coger nunca un ascensor (quedándome en un piso 22) ni viajar en la parte trasera de un coche. Pero lo que no podía hacer por mí misma lo consiguieron aquel día mis compañerxs.

Hace diez minutos me acabo de enterar de que el alma mater de mi coro, Andrés Estévez, está ingresado en la UVI desde esta tarde con un infarto grave. No me ha dado tiempo de pensar: las lágrimas salen solas de mucho más adentro.

Cómo le puede fallar el corazón a alguien a quien le sobra, y que se entrega con tal generosidad, es algo que se me escapa.

Me pregunto cómo se siente, cómo pasa las horas. Si estará tranquilo o asustado. Conociéndolo, estará sobre todo preocupado porque no nos agobiemos. Pero en segunda instancia habrá entrado en ese estadío en el que te enfrentas a ti mismo, y te das cuenta de que tienes que pasar por el trago de luchar para salir adelante. Y de que nadie puede hacerlo por ti.

Tiene que pasar la noche solo. Menuda paradoja. Hasta mañana a la una no puede entrar nadie a cogerle la mano, o a acariciarle la frente. Él, que se hace querer como ninguna otra persona que yo haya conocido.

Me siento impotente. Y sé que somos muchísimas amigas y amigos las que lloramos esta noche de preocupación. Así que les pido, por favor, que hasta que Andrés salga de la UVI, que será muy pronto (¡seguro!) no dejemos de cantarle en nuestro interior. Las melodías de Broadway que ha cantado todo este año. Un bolero, para que recuerde que hay proyectos que le esperan. Cualquiera de las partituras que le han unido a tantxs de nosotrxs a lo largo de todo este tiempo. O una sencilla canción que le haga sentir que estamos aquí, que su corazón es el nuestro, y que vamos a darle la mano para salir del túnel.

Te queremos, Andrés. Y te necesitamos aquí fuera. Un abrazo inmenso, en clave de sol.


1 comentarios:

Lenteja dijo...

Pues yo no conozco a Andrés, y canto mucho, pero sólo para mí...así que, como conozco muy bien todos los temas cardiológicos, le he dedicado una tonadilla y un ritmillo silbado. Y para ti, un guiño de empatía ( yo he estado en los dos lados )
Besos. Lenteja

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