Mayte Mederos

Lucha  

Mayte Mederos Ramírez nació en Málaga el 13 de Julio de 1967, y su tierra natal le regaló el frescor marino, la libertad y la luz veraniega del Mediterráneo, que ella lleva a todas partes. Mayte es, científicamente hablando, un súper emisor de fotones, un ser luminoso cuya sonrisa es capaz de desvanecer todas las penas, con quien compartir una conversación es un placer difícil de describir. Profunda, espiritual, reflexiva y vivaz, muy vivaz.
Mayte es filóloga, pero trabaja desde hace dos décadas en Turismo de Tenerife, labor que le apasiona. Comparte sus experiencias y reflexiones en su blog Avatares de una Amazona, donde ha relatado su experiencia luchando contra un cáncer de mama al que ha ganado la batalla. Muchas mujeres se han refugiado en su escucha y en sus consejos y tiene multitud de amigas y amigos repartidos por el mundo.
Mayte nos cuenta, con una sonrisa en el rostro, algunos detalles sobre ella:

¿Cuáles son tus aficiones?
¿Las oficiales? Montar a caballo, viajar, la literatura. Las oficiosas pero intensas son: una buena parranda, el vino blanco de Güímar, una tarde de cine de la mano de mi chica, acampar en la naturaleza y comerme a besos a mis peques.
¿Nos cuentas algo especial sobre ti?
Soy lesbiana, co-madre de la primera familia numerosa homomarental que se conoce por estos lares, y activista por los derechos de la mujer y las familias LGBTI.
¿Cuáles son tus estilos musicales favoritos?
Adoro el folclore venezolano y el argentino, y nunca he conseguido que me guste el jazz.
Un autor o compositor…
Sergio Rodríguez. Su música para el “No te quiero sino porque te quiero” de Neruda ha sido la partitura que más me ha emocionado en los últimos años.
Una obra musical…
Si estoy feliz, el Mesías de Haendel. Si ando enamorada, el Concierto Emperador de Beethoven. Si estoy triste, Casta Diva. Y para los momentos zen, las suites para chelo de Bach.
¿Concurso o Concierto?
Prefiero los conciertos, y más si son en los viajes, como aquellas pequeñas iglesias ortodoxas de Macedonia y Croacia cargadas de siglos de historia.
¿Qué actuaciones o momentos recuerdas con especial cariño o alegría, en este u otros coros?
Ha habido muchas. Pero al ser mis tres herman@s y yo miembros del CPU y la Coral Universitaria durante décadas, lo más emocionante han sido las canciones de nuestros compañeros en los momentos familiares: las bodas de mis hermanas y el bautizo de cada uno de mis hijos. Espero que se cumpla pronto uno de mis sueños desde la época de universidad: que el coro cante en mi boda.
¿Algún momento gracioso?
El 25 aniversario de la Coral Universitaria, cuando me dejaron ser yo quien recogiera a mi admirada Amaya en el aeropuerto, que venía a actuar con nosotr@s, y la vergüenza que pasé al ir a poner música en el coche y no tener más que casetes de Mocedades por todas las esquinas. Quedé de un pelota…
También la devoción con que nos entregamos a aprender merengue en nuestra gira por Venezuela del año 91… ¡Bien de hebillas pulimos bailando, jajajaj!

Y, momento estrella, cuando salíamos de ensayar ópera en el Leal y cruzábamos a comer un perrito a Casa Peter con aquellos trajes de época que eran como un sofá de tres plazas… ¡La gente por la calle lo flipaba!
¿Qué te aporta el CPU?
Una energía asombrosa. Emoción en estado puro. Hacer música en este coro me llena mucho, pero lo que engancha sin remedio es su gente: las alegrías y las penas son de tod@s, y se comparte el día a día de cada un@ con la misma pasión que los momentos musicales. Una compañera y yo hemos salido hace poco tiempo de un problema grave de salud, y el apoyo del coro ha sido sencillamente increíble. Somos una verdadera familia.
¿Qué aportas al CPU?
Un toque de rebeldía. Aporto mi diferencia: una mujer transgénero (que no acepta las etiquetas que la sociedad reserva a cada sexo), que sale a cantar con el uniforme de los chicos, porque este coro, abierto y plural, es un reflejo de los avances que sólo la cultura y la sensibilidad saben abanderar.

¿Qué no has cantado y te gustaría cantar?
El Réquiem de Mozart.
El futuro es…
…Una entelequia. Un conjunto de metas que nunca alcanzas, porque la vida es traviesa y juega a sorprenderte con giros inesperados. En el presente es donde me manejo plena y feliz.