viernes, 25 de enero de 2013

El tiempo que nos queda

Quienes hemos pasado por un cáncer reciente tenemos una cita anual con los médicos que es como una espada de Damocles.

Yo estoy hoy en el hospital haciendo pruebas y pruebas, en un día señalado para mí por ésta y otras razones, y tengo una lavadora de ideas y recuerdos centrifugándome dentro. Pero observo esa marea desde fuera, y me quedo con un solo pensamiento: que tener una cita anual con la vida te pone en una situación privilegiada.

Porque tengo 45 años, y no doy por hecho que he ganado una oposición para vivir otro tanto.

Porque he entendido el mensaje que me daba mi cuerpo en forma de tumor, y he aprendido a no maltratarme emocionalmente.

Porque puedo dar las gracias a las dos personas que tuvieron un papel protagonista en mi proceso, tanto para entrar como para salir de él, y ahora que sé para qué vinieron a mi vida y el valioso aprendizaje que me regalaron, puedo dejarlas ir.

Y porque después de este ciclo de tres años marcado por un divorcio, una nueva casa, dos amores difíciles y un cáncer, algo he debido de aprender para haber llegado al punto de plenitud en el que estoy ahora. Viviendo de nuevo con mi familia, teniendo el inmenso privilegio de acostar a mis peques cada noche, disfrutando intensamente del amor de Ana y, lo más importante, en armonía conmigo misma.

Si hizo falta todo aquello para llegar a esto, bienvenido sea. Y no me duelen prendas en plantarle cara a la vida cada año, y decirle a los ojos que aquí estoy, firmemente anclada al aquí y ahora. No importa por cuánto tiempo, ni necesito saberlo. Lo crucial es vivir, sentir, soltar, despreocuparse un poco del mundo, reírte hasta de ti misma y disfrutar como una niña, con la confianza de que la felicidad no depende de nada ni de nadie.

Porque mi gran descubrimiento está siendo encontrarla en mi interior. Tantos años buscando, probando, abriendo nuevos caminos en busca de la satisfacción plena para darme cuenta de que está dentro de mí, la llevo conmigo. Sólo he tenido que pararme a sentir, atreverme a decir en alto qué me hace feliz, y en el proceso han caído al suelo mil banalidades que ocupaban mi vida sin llenarla. Ya sólo quedo yo. Si me quieres, quiéreme así. Sin posesiones, sin medallas, sin etiquetas. Pero llena de música y de tiempo por dentro, tiempo para escucharte y para escucharme. Para trabajar sin excesos, para educar con calma, para cocinar con amor, para salir a la lluvia, para dormir en una cueva en el Teide con mi chica en pleno diciembre, para atesorar los besos de mi madre. 

Mientras termino este post me dan los resultados, y la doctora me dice con una gran sonrisa que he aprobado el examen con nota. Ahora tengo un año entero de prórroga. Un año para saborear los tonos que hacen único y diferente cada amanecer, para respirar a fondo la vida y para exprimir este instante como si fuera el último. Así creo que viviría la humanidad entera si el universo le regalara lo que me ha dado a mí: un precioso reloj de arena que me recuerda lo poco y lo mucho que somos. Un minúsculo grano dorado que encierra en sí mismo el milagro de la vida consciente.