sábado, 21 de enero de 2012

El edredón de sueños

Estas navidades pasadas llevé a mis dos peques mayores a un taller infantil en el TEA. Pensé que dibujarían o recortarían figuras navideñas: con un toque de arte, claro, que los monitores del museo son siempre muy didácticos.

Cuando fui a recogerlos, cada niño, cada niña había hecho una tarjeta con una frase de su cosecha y la había metido en la parte delantera de un cojín blanco, bajo un par de capas de tul. Y sobre eso, un dibujo grande de un sol, una flor, un corazón...

El resultado estaba cargado de simbolismo. Porque en cada tarjeta lo que rezaba era un deseo. Y al unir los cojines unos a otros, se tejió una preciosa obra de arte hecha del material más delicado que existe: los sueños.

Luego mi hija mayor me llevó de la mano a ver la sala en la que se exponía el trabajo de alguien que se había dedicado a cumplir deseos imposibles de otras personas. A modo de ejemplo, el de un anciano que quería volver a vivir un atardecer junto al mar de su infancia. Un palestino al que año tras año habían denegado el visado para regresar, y que pudo cumplir su deseo gracias al precioso vídeo que este hada madrina le grabó (vimos la película y las cartas que intercambiaron). 

Estaba agachada, para quedar a la altura de los ocho años de mi niña mientras me hablaba. Y cuando me contó en detalle las peripecias de cada uno de los deseos y cómo aquel ser anónimo los fue cumpliendo, se me llenó el pecho con un gran suspiro. Los niños me miraban con cara de extrañeza, aunque empiezan a acostumbrarse a que las personas mayores tenemos un punto raro.

Pero cómo explicarles que me tocó la fibra esa filigrana de deseos, provenientes de personas que habían perdido su pasado y lo recibían en esencia, bordado con puntadas pacientes y en papel de celofán.

He pensado mucho esta tarde en mis propios sueños.

Yo soy estructuralmente feliz. Y necesito pocas cosas en mi vida, aunque una de ellas es el amor. Llena mis días y mis noches, y aunque a veces el destino se empeña en ponerme alguna piedra en el camino, no consigue desviarme de mi ser natural. Porque lleno de cariño y de ilusión cada momento compartido con las mujeres que pueblan mi universo, la cena que cocino con deleite y pasión para una visita inesperada, la música que me motiva al caer la tarde. Y porque éste es el preludio de la vida que se abre paso de nuevo, latido a latido, en las arterias de mi alma.

Así que me pongo a la bonita tarea de tejer para mí un edredón de sueños como el que han hecho mis hijos. Y siento que con este abrigo ya no volveré a pasar frío.

¿Y tú? ¿Con qué deseos tejes tus sueños?

1 comentarios:

farala dijo...

me has recordado el edredon de los 100 deseos que le cosí a mi hija... creo que voy a esribir un post y te lo voy a dedicar!

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