jueves, 29 de septiembre de 2011

Miradas profundas

Hoy me estrené. Aparecí a las nueve en punto en el Hospital de La Candelaria, delante de la puerta de la oficina del voluntariado de la Asociación Española contra el Cáncer. Y no podía negar que era nueva, porque mi bata blanca crujía, recién sacada de la bolsa, y la sonrisa de colegiala me delataba.

Me han asignado al carrito del café. Y la primera tarea de la mañana fue aprender a cargar sus tres pisos con litros de agua caliente, bolsas de infusiones, magdalenas y caramelos.

Mis compañeras, curtidas tras años de servicio, me fueron desgranando su funcionamiento. Yo, entre el curso y la entrevista con la psicóloga y con la responsable de voluntariado, creía que ya me había hecho una idea. Pero vivirlo es otra cosa.

Aparentemente es algo muy simple. Llevamos bebidas calientes y periódicos a las personas que están recibiendo tratamientos de quimio y radioterapia. Es gente que viene diariamente de todos los puntos de la Isla, y que tiene que estar, por lo general, varias horas dentro, algunas veces en salas en las que no puede haber acompañantes.

Empezamos el recorrido: hematología, sala de espera de hematología, radioterapia, sala de espera correspondiente, pediatría -tragando nudos ante la camita de un niño de la edad de mi hijo mediano recibiendo quimioterapia-, consulta de oncología... Un galimatías de pasillos y ascensores, y muchos umbrales que atravesar con una sonrisa, nuestro saludo rompiendo el silencio cansado de grandes salas colectivas en los llamados "hospitales de día", y la soledad de pequeñas habitaciones con visitas restringidas.

Estaba muy concentrada en no perder el orden de los pedidos (la señora que está sentada aquí, una manzanilla; el que recibe tratamiento a su lado, un café solo con sacarina; un descafeinado para la abuelita de la camilla... -ay, diosas, ya olvidé si era o no con azúcar, volveré para preguntarle-). Pero al llevar cada taza me encontraba con una mirada sorprendente. Unas veces se quedaban esos ojos en los míos, con gravedad, y sin palabras. Pero otras la fatiga se transformaba en sonrisa, y surgía un inicio de conversación, no por corta menos sentida. Muchos se dieron cuenta de que era nueva, y me preguntaban con curiosidad. Y a pesar de mi torpeza evidente al servirles, cuando sabían que era una de ellos nacía una corriente de simpatía más que palpable. Cuánto une una experiencia vital como ésta.

La mañana fue vertiginosa e intensa. Tres horas son apenas suficientes para atender a cerca de 150 personas, recorridos incluidos. Pero cuando terminamos, me dí cuenta de que lo de menos había sido servir cafés. Qué increíble el poder de una bata blanca. Es suficiente para que te surjan peticiones de todo tipo -desde dar una dirección hasta ayudar a una señora en tratamiento a quitarse y ponerse el pantalón en el baño porque con su brazo inútil tras una mastectomia no podía sola-. Y para que los familiares de los pacientes te cuenten la que les está cayendo, y para que te saluden los celadores y todo el personal del hospital por los pasillos, con bromas cariñosas, porque saben bien el valor humano de la entrega al que más lo necesita.

Cuando volvía a casa en el tranvía, sumida en mis pensamientos, de repente me sentí extraña. Me dí cuenta de que estaba rodeada de personas sanas, todos podíamos movernos con libertad en la vida, sin estar atados a un cable de tratamiento.

Y es verdad que tenemos problemas: un paro insufrible y una incertidumbre económica que nos asfixia. Razones no nos faltan para sentirnos mal. Pero cuando ves por un momento la vida desde la sala de oncología de un hospital, te das cuenta de que no hay con qué dar gracias por tener salud.

Lo demás pasará, aprenderemos a vivir con menos, y el orden social se adaptará a los nuevos tiempos, no puede ser de otra manera. Pero, mientras tanto, no dejemos nunca de celebrar la vida. Estamos aquí, y estamos plenos.

Brindo por eso.

5 comentarios:

Felicidad Batista dijo...

Mayte, el ser humano vive demasiado pegado a las preocupaciones por un futuro que no existe, nos enredamos en nimieces a las que le solemos otorgar categoría de relevantes y adoptamos una pose y unos compartamientos de seres eternos, en cambio que poco reparamos en el presente, en el hoy, en el amanecer que es siempre distinto, en andar como tu bien dices sin cables, sin estar atado a una cama, en una habitación de un hospital. Sin percatarnos de la grandeza de la vida.
Mayte transmites vida y puesto que vienes desde ese lado de la frontera te haremos caso.
Abrazos

Aida dijo...

Ufff (me imagino que sabes que estoy ahora mismo con los pelos de punta y con la lágrima en el ojo). Con cada palabra que has escrito describiendo ese intenso momento me he sentido como si yo hubiera estado allí contigo. No podía ser de otra manera, como siempre ayudando y apoyando con tu experiencia a los que te rodeamos. No sólo a los que están pasando por esos duros momentos sino a los que al otro lado de la barrera nos olvidamos muchas veces que tenemos el tesoro más preciado que es la salud.

Gracias por tu enorme generosidad y por permitir que siga aprendiendo de tu mano y sobre todo por recordarnos cada día que por encima de todo estamos llenos de vida.

No tengo la facilidad de transmitir mis sentimientos a través de las palabras pero sí cada una de ellas va impregnada de todo mi amor hacia ti.

Un beso y un abrazo grande y todo mi cariño para que te siga acompañando día a día.

guada dijo...

He llegado por casualidad y m ha emocionado tu post, tiene q ser muy duro y estar hecha de una pasta especial para contarlo como tu ,mucho animo,un beso

chris dijo...

Antes de nada, me alegro de que continues contándonos cosas. El que hayas terminado una etapa de tu vida, la que te impulsó a abrir el blog, no implica que no sigas contando cosas. Las que te apetezcan...siempre habrá personas interesadas en tus pensamientos, emociones, reflexiones...

Por otro lado, entiendo esa necesidad de devolver de algún modo todo lo que has recibido en esta travesía. Pero es que lo haces del modo más hermoso, acompañando en el dolor de los demás, que cuando hay empatía termina siempre por rozar nuestras propias cicatrices. Te admino, valiente guerrera!!

a punto de dijo...

valiente, he pensado al leerte.
y ahora después de ojear un rato tu blog, continúo pensándolo.
valiente. y generosa. hay que perder mucho (o correr el riesgo de hacerlo) para aprender a dar de verdad.
y seguro que ese tatuaje te queda de miedo, marinera :)
un beso muy grande

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