jueves, 25 de agosto de 2011

Tatuajes

En mis tiempos de estudiante, una tarde lagunera de domingo decidí taladrarme la oreja con aguja de coser y hielo en el piso de mis compañeras de coral. Llevar tres pendientes juntos en lugar de uno me parecía el máximo de la modernidad. Ahora hace años que no los uso, pero recuerdo la emoción de la transgresión como si fuera hoy.

Algo así he sentido estos meses, cuando pensaba que el largo y tedioso proceso de quirófanos y operaciones iba a acabar en la consulta de una tatuadora. ¡Por las diosas, qué glamour!

Cuando te mastectomizan lo primero que pierdes es el pezón. Y lo reconstruyen con piel de otra parte del cuerpo, que es blanca, claro. Así que el paso final es tatuarlo.

En mi caso mis cirujanos decidieron que mi color natural es tan clarito que iba a ser mejor tatuar el nuevo pezón y el antiguo, de manera que que queden iguales, porque no hay pigmentos tan suaves en el mercado.

Así que hoy me presenté en el gabinete de la tatuadora elegida, sin tener pajolera idea de en qué iba a consistir el invento, pero con los nervios de estar haciendo algo transgresor y divertido. Ahhh, qué refrescante resulta, cuando hace años que ya no te subes a los toboganes de agua.

Bueno, la parte de sangre, sudor y lágrimas la obvio, porque es fácilmente imaginable. Mi piel de pacotilla no aguanta un asalto, así que lo que iba a hacerse en dos sesiones tendrá que ser en tres. Pero el resultado es asombroso. Lo que hace un poco de color... Pone un elemento donde no lo había, crea simetría de un plumazo y, de repente, en este campo de batalla surcado de finas cicatrices, parece que no ha pasado nada.

Es genial. Y eso que yo estuve tentada hace unos meses de no acabar la reconstrucción. Una vez puestas las prótesis, que me devolvieron la imagen que siento mía, ya no necesitaba más. Pero al final me animé, y me he descubierto en esta última fase admirando los avances de la técnica con un punto de coquetería.

Ahora toca una semana de gasas y cremas, de dar besos de lejos para que nadie me apriete con un abrazo traicionero. Y esperar 30 días para la siguiente sesión de ayes y huys. Pero en realidad mi mente está en el calendario de pared, donde he tachado con lápiz rojo los meses que faltan para poder ponerme al sol y lucir el pecho veinteañero que me ha tocado en esta tómbola, jaja.

Por lo pronto, esta noche me voy a buscar la taberna más pendenciera del puerto, que me he ganado un buen vaso de cazalla, ahora que soy una mujer tatuada. ¡Tiemblen, marineros, que le ha salido competencia a sus anclas!

2 comentarios:

Horizonte dijo...

Pues te envío un fuerte, muy fuerte abrazo, desde esté espacio, para no hacerte ningún daño físico y sin embargo transmitirte muy especialmente cuanto te admiro y te quiero...

Anónimo dijo...

El trabajo de la "tatuadora" carece de mérito, si tenemos en cuenta la calidad del lienzo. Y no me refiero a la que se ve, ni a la que se toca, sino a la que sustenta lo que se ve y se toca.

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