jueves, 10 de febrero de 2011

Hasta siempre

Me han quitado el último drenaje. Ayer, cuando salí de la consulta de Cirugía del Hospital, tiré a la papelera la bolsa en que lo cargaba, y sentí que era el final de un largo camino. Diecisiete días con una botella y un tubo cosidos a mi cuerpo.

Ya empiezo a ganar autonomía. Primero será ir soldando fibras, los más de 70 puntos que me recorren. Luego, hacer rehabilitación para recuperar una parálisis del bíceps braquial que me ha dejado el brazo derecho en huelga. Y a partir de entonces, empezará de verdad el coger fuerzas para volver física y anímicamente al origen, al tiempo anterior a aquel 28 de julio, en que un diagnóstico y sus consecuencias me volvieron del revés.

Estos meses me centraré en recuperar mis verdaderos 43 años. En estos primeros días toca reposo. Después, empezar a caminar. Y luego, trabajar por rejuvenecer cada semana, para quitar capa a capa los 20 años que la enfermedad me ha puesto encima. Ahora me parece muy lejano el momento en que pueda volver a moverme como antes, a conducir, a tener fuerza para llevar una bolsa, a hacer vida normal. Pero sé que llegará, con paciencia y buena letra.

Mientras tanto este blog, que ha sido mi cordón umbilical con ustedes para contarles mi evolución, pierde su razón de ser. Ya no hay nada que relatar que no sea la pequeña lucha diaria por recuperarme, que empieza hoy. Y ahí ya no hay noticias que dar, porque por suerte todo lo grave ha pasado.

Y como es el momento de mirar atrás y repasar todos estos meses que hemos recorrido junt@s, les confieso que he disfrutado mucho los minutos de gloria que me han regalado siguiendo y dejando comentarios en este blog. Yo, que en mi infancia no era ni la mayor ni la pequeña ni el chico de la casa, que nunca he sido ni guapa ni fea ni todo lo contrario, y que en mi vida no he destacado especialmente por nada, me he sentido protagonista de una historia preciosa. La vida me ha dado la oportunidad de probarme a mí misma, y vaya si lo he hecho. Me he visto resiliente, preparada para devolver la pelota como quiera que viniera. Y en el camino me he llenado del cariño de cientos de personas que ahora forman un pequeño universo estrellado a mi alrededor.

Aunque ésta sea la última entrada de este blog, porque es el momento de ceder el protagonismo a otras causas, me siento feliz con los ratos en que he estado en el latir de tantos corazones. Y cuando necesite un chute de mimos releeré los comentarios a las 46 entradas que he escrito. Retazos de una historia (enfermedad, hospital, recuperación, hijos, amores y desamores, relaciones de familia, emociones, alegrías y tristezas desgranadas semana a semana) que, aunque ahora me parezca increíble, es la mía. Y que ahí queda en letras de molde, como una foto fija que me recuerda lo sorprendente, difícil y, a pesar de todo, inmensamente gratificante que puede ser la vida.

Gracias por ser y por estar, a tod@s y cada un@.

Y cierro con un recuerdo especial a las mujeres que pasan por un cáncer de mama y llegan a estas páginas buscando dar forma a un futuro incierto. Doy fe de que hay vida más allá, y de que éste es sólo un tropiezo que acabaremos superando. Muchos ánimos.

Un beso grande.  ¡Y hasta siempre!

jueves, 3 de febrero de 2011

Solidaridad

Hoy me tocó nueva cura en el Hospital, y bajar al médico de cabecera, en Santa Cruz. Así que entro, diez días después de la operación, en mi casa de La Noria. Bien abrigada con mi trenca, que al piso no le da el sol y en invierno se nota. Hace un mes que las sábanas están como mojadas, y la ropa no se seca bien. Ay, con lo friolera que yo soy.

Abro la puerta y me doy de bruces con un elemento extraño. Primero es el susto de pensar, en una fracción de segundo, quién ha podido entrar y para qué. Y después, una gran sonrisa al caer en que es un flamante deshumidificador que me ha comprado mi hermano. Me he quedado tiritando, pero de emoción.

Algunos en la familia sabían que andaba yo haciendo cábalas para comprar uno a plazos que me aliviara el frío húmedo en la larga convalecencia que me espera, y hoy he sabido que ha habido vari@s candidat@s negociando entre ell@s para ser quien me hiciera el regalo.

Dicen que estamos en un mundo poco solidario.

Pero mi hermano me ha regalado meses de bienestar, y me lo ha traído además a domicilio, en medio de un gran secreto (y con un brazo escayolado), con la complicidad y la ayuda de mi cuñada.

Mi hermana mayor ha dedicado los pocos huecos que le dejan el ambulatorio y sus tres niños, para ejercer conmigo de médico de familia de los de antes, de los que dan con el tratamiento exacto que te hace dulce el dolor, y que se desvelan porque duermas tú.

Mi madre me ha bañado, alimentado y llenado de besos como si fuera de nuevo un bebé. Cómo saben las madres empezar de cero con quien lo necesita. Mi padre me ha entretenido con partidas de dominó y me ha interesado en la actualidad económica y política de nuevo.

Mi tío me ha mandado las mejores verduras de su huerto ecológico. Mi hermana pequeña, dulces caseros sin gluten, insuperables. La madre de mis niños va a hacer, por una larga temporada, de madre soltera de tres fierecillas, sin un minuto de descanso y poniendo a mal tiempo buena cara. Y mi chica ha acondicionado su casa con todo el amor del mundo para que tenga todas las comodidades en las próximas semanas, en que voy a estar a su cuidado.

Ah, claro, pero eso no es solidaridad. Eso es la familia, que es familia aquí y en Madagascar. Pero la gente en la calle no es así.

¿Seguro?

Pues yo no me olvido ni un sólo día de mis compañer@s de trabajo, que están echando horas y cabeza para sacarlo todo adelante, con dos brazos menos. Ni de mis amig@s, que llaman, y escriben, y buscan mil maneras de sacar una sonrisa de este muñequito cosido que soy ahora. Ni de mi vecina, que sube con exquisiteces para aliviar este tramo del camino. Y de tantas y tantas cosas sorprendentes que pasan a mi alrededor como un milagro.

Siento que vivo en una red. Un entramado de solidaridad, donde muchas manos me alimentan (platos ricos, conversación, ánimos, buena lectura) y ese bien les revierte, y llega a muchos más.

Siempre tuve fe en la humanidad. Ahora tengo confianza empírica. Hay tanto bueno en todos nosotros...

Sólo tenemos que asomarnos.