lunes, 31 de enero de 2011

San Bernardo

Mi utilidad como perro de salvamento, dispuesto a salir a la nieve a rescatar caminantes del frío con su barril de whisky, se ha reducido en un tercio.

El viernes me dieron el alta en el hospital, ya con una botella de drenaje menos. Y hoy en mi cura de cirugía, me quitaron la segunda.

Así que vuelvo a casa de mis padres con una sola, y la promesa de mi primera ducha de verdad desde la operación. Ay, qué rico...

Los dolores van mejor, gracias a los desvelos de la mejor médico del mundo mundial, mi hermana mayor. Casi he tenido que hacer una tabla de Excel para tener claro cuántas pastillas y a qué hora, porque las tengo de todas clases y colores. Pero, como resultado, disfruto de un placentero estado de analgesia general, del que no estoy segura de querer salir.

Besos dopados. Hip.

viernes, 28 de enero de 2011

Mordiscos

Dolor, dolor, dolor. Siento colmillos que me traspasan de este a oeste. Mi luna de miel con la sedación acabó hace unas horas, y ahora me enfrento al mundo sin escudo ni casco que me proteja.

Noche larga y oscura, encadenada a la cama por cables de acero: tres drenajes como lastre, y una vía en la mano que me conecta a un mundo insondable de corticoides y antibióticos.

Vuelven la respiración corta y el miedo al movimiento, por pequeño que sea. La mordida de los costurones que aspiran a cicatrices. Las ganas de hundirme en un baño caliente sin sensaciones y sin dolor, flotando en la nada tranquilizadora.

Todo está bien. El dolor de estar avanzando es parte del proceso. Le daré la mano y negociaremos, para que no me anule, que necesito lucidez y risas en mis dobladillos.

Y ya amanece.

miércoles, 26 de enero de 2011

Mi regalo

Hoy ha sido el día. A las 10 de la mañana el equipo de cirujanos me retiró laboriosamente el vendaje que me habían puesto en la operación. Yo contuve el aliento, sin atreverme a mirar. Hace seis meses, cuando me quitaron los vendajes tras la primera mastectomía, fui incapaz de procesar la imagen de mi torso mutilado, y me sentí desfallecer.

Esta mañana el sol entraba travieso por los ventanales, tras el día tormentoso de ayer. Y de repente, como en un relato de Cortázar, la realidad se torna mágica y lo que desenvuelven los médicos, gasas y esparadrapos, se convierte en celofán y lazos de colores. Paran los ruidos de la calle, ya no suena la autopista. Sólo rompe el silencio el crujir del celofán en las manos hábiles de mi cirujana.

Giro sobre mí misma, despacio, para que caigan al suelo las capas de papel brillante, y siento cuatro pares de ojos fijos en mí. Y por fin me encuentro con mi piel, sonrosada y palpitante. Y el regalo aparece ante mi vista: dos pechos pequeños y turgentes, llenos de vida. Me hacen un guiño. Seguirán haciéndolo hasta que me tatúen el pezón derecho, que ahora no existe. Pero mientras tanto sé que me sonríen, cómplices, con su risa mellada, desigual y maravillosa.

Desde que mi hija de siete años me hizo ver que la asimetría no era un problema, porque estaba más en mi cabeza que en los ojos de los demás, fui capaz de salir a la calle sin prótesis en las fases en que mi piel alérgica la rechazaba. Pero para alguien tan cuadriculado como yo, que me deleito en el feng-shui y en la armonía de todo lo que me rodea, fue difícil acostumbrarse a salir de la ducha con cuerpo de amazona.

Estos últimos meses he aprendido a encariñarme con la diferencia, también gracias a la mirada amorosa de Kika, que guardaba una ración de cariño para cada uno de mis pechos, y que sé que sintió pena por perder el que me vaciaron hace dos días. Me consta que este blog lo leen mujeres que pasan por mi mismo proceso. Si tuviera la oportunidad de hablar con sus parejas, les diría que no hay declaración de amor más grande que la que te hacen al desearte y al quererte disfrutando de tu asimetría.

Y es ahora, con mi aceptación plena de lo que he sido, cuando la vida me hace un regalo de talla 85, que es mucho más que los 345 gramos de silicona que me han puesto por duplicado. Significa salud, con la superación del cáncer. También autoimagen (y problemas con mi chica como me miren mucho el escote, jaja). Y es volver en unos meses, tras rehabilitación y curas, a mi vida normal: a disfrutar de un baño en la playa sin complicaciones, y a guardar en el altillo prótesis y bandas elásticas para que cojan polvo sin preocuparme.

Me gusta mi regalo. Todo el proceso lo ha sido. Pero hoy, más que nunca, tengo que decir: ¡¡Gracias!!

lunes, 24 de enero de 2011

Despertar

¡Hola! Ya estoy en la habitación. La operación ha salido muy bien. Duró cuatro horas, y me estoy recuperando de la anestesia mucho mejor que la otra vez. El único efecto secundario que tengo, aparte del dolor, es una llorera tonta que me ha entrado desde principio de la tarde. Creo que lloro de alivio, por estar aquí de nuevo y por tener la inmensa suerte de compartirlo con mi padre -después de su derrame cerebral de septiembre es como un milagro- y con todos mis seres queridos.

Tengo tal ración de mimos a mi alrededor que, ahora que ya está acabando el proceso, siento que ya puedo aflojar y permitirme nadar en emociones. Así que aquí estoy, con una mano en la bomba de morfina y la otra en el pañuelo.

Por hoy nada más, tantas lágrimas me han robado la poquita fuerza que me quedaba. Pero qué bueno es dejarse ir, sabiendo que las energías que ustedes me mandan empiezan a llenar mis alforjas.

Gracias por tantos mensajes que no he podido contestar estos días. Llegan cargados de cariño y cada uno es único y especial para mí.

Buenas noches y hasta muy pronto.

domingo, 23 de enero de 2011

Habitación 304

Esto de ingresar en el Hospital un domingo me ha descolocado un poco. Admisiones está cerrado, sólo queda abierta la tienda en la entrada principal, y el edificio tiene hoy un aire de centro comercial vacío.

Entramos Kika y yo por Urgencias, y aguardamos más de una hora en una sala de espera atestada. Por fin me llaman, y un auxiliar nos lleva a un cubículo minúsculo donde tramita el ingreso y me pone en la muñeca una pulsera de identificación. Me ha hecho hasta ilusión, y le he preguntado si en este "All inclusive" me puedo subir en todo. El tipo me mira como si me hubiera dado un airón ahí fuera. Para mí que hasta echa un vistazo de reojo al diagnóstico de mi formulario médico para ver si lo ha leído mal y tiene que redirigirme a urgencias psiquiátricas. Qué poco sentido del humor, cristiano...

Subimos a planta, donde el equipo de enfermería me recuerda de sobra, para mi sorpresa. La enfermera que está en el control se ablanda al saber que Kika vive en el Sur y accede a que se quede a pasar la noche en el silloncito de mi habitación compartida, a pesar de que no está permitido. Qué bueno, así puede bajar conmigo a quirófano por la mañana, y despedirme como en las películas. Bueno, como en las series, porque espero salir de allí como Pamela Anderson, por lo menos, con la música de "Los vigilantes de la playa" de fondo...

Me operan tempranito, a las ocho de la mañana. Mejor; como dice mi hermana, así están todos fresquitos (y con los metales bien afilados, añado, jaja).

Yo, por si acaso, pienso soñar esta noche con un mal ensayo general, para que la función de mañana sea brillante y perfecta. Tantos años de teatro juvenil me han dejado esa buena costumbre.

Besos a tod@s. Mañana no sé si algún@ de ustedes se quitará un peso de encima, pero les aseguro que yo sí. Daré la bienvenida a una mujer nueva, sin prótesis de ortopedia y con muchas ganas de volver a mi vida ¿normal?

Como esta vez amenazan con no regalarme un dispensador de morfina para mí solita, en vista de mi sobredosis del post-operatorio anterior (ay, Mayte, con los años cada vez más viciosa...), supongo que esta vez estaré lúcida pronto, así que espero dar noticias antes de la noche.

Y de nuevo, ¡hasta la victoria siempre, comandante! Que no es que tenga yo mucha querencia a Fidel (a los cubatas sí, ya sé que todos dan fe), pero la intención es lo que cuenta...

martes, 18 de enero de 2011

La llamada

Por fin ha llegado la llamada que esperaba. Todas las Navidades he estado pendiente del teléfono, pero hasta hoy no me han llamado del hospital. Me ingresan este domingo para operarme el lunes, 24 de enero.

Qué bien sabe el universo encajarlo todo. Esta semana entera estoy a cargo de mis peques, porque su madre está de viaje, y eso me va a dejar jugar con ellos, abrazarlos y espachurrarlos día y noche, para cargarme las pilas con su tacto, su olor y sus risas, por todas las semanas en que no podré hacerlo luego.

Repaso mentalmente lo que tengo que hacer antes de la operación. Y es muy poco, pero significativo. Curarme bien el gripazo que cogí días atrás, para que no haya problemas con la anestesia. Hacer una maleta para el postoperatorio en casa de mis padres. Y avisar a mis amigos para que preparen ración doble de buenas energías y la envíen por banda ancha.

Yo, por esa misma vía, les mando mi cariño y un ¡¡gracias!! muy grande por estos meses de compañía. A los que me siguen semana a semana y a los que se quejan cuando mis crónicas se espacian. A mis amig@s de aquí al lado y a l@s cibernétic@s. A mis blogueras. A tod@s, un beso grande.

¡Seguiremos informando!

miércoles, 5 de enero de 2011

La hora bruja

Dicen que ésta es la noche más especial del año. Para los que hoy son niños, y para los que un día lo fuimos.

Y entre todo el revuelo de la cuenta atrás (nervios, cabalgata, vuelta a casa con los peques reventados, duchas y cenas vertiginosas...), lo mejor empieza para mí cuando hay que preparar el escenario para recibir a Sus Majestades como es debido. Que bien puedes ser republicana, pero esta noche no hay quien se resista al encanto de la Corona.

Amalia, desde la altura de sus siete años, ha hecho un despliegue artístico combinando una reliquia familiar, dos platitos de plata antigua, con bandejas que los realcen. Como las servilletas eran blancas, decidió pintarlas con acuarelas. Qué mano tiene la criatura; como Zapatero siga mucho tiempo jugando al Risk con su gobierno de la señorita Pepis, el año que viene la pongo desde noviembre a hacer manualidades, a ver si nos saca de pobres.

Galletas para los Reyes, y otras sin gluten para Gaspar, que de todos es conocido que es celíaco, como mami. Tres copas de vino bien servidas, y una bandejita con caramelos. Alberto se ha divertido poniendo agua y garbanzos a los camellos, con la emoción de participar por primera vez en el ritual. Cuatro años ya son un grado.

Tras poner los zapatos en la alfombra, incluida la botita de Guille, que ya lleva horas en su cuna soñando con Pocoyó, los peques se han acostado.

Y después de canciones y doble ración de cosquillitas, que hoy no había quien se durmiera, ha empezado la hora bruja. Ese espacio de espera en que velas el sueño de tus niños con emoción, esperando a que su respiración se acompase y duerman profundamente, antes de transformarte en paje para la tarea más bonita del año.

En un ratito empezaremos a preparar todo en el salón. Pero ahora, en el momento mágico en que la casa está aparentemente inactiva, empieza un momento de intimidad y de quietud en el que escribo con el pensamiento mi propia carta a los Reyes Magos, y hago un vuelo virtual sobre lo que trajo el año que acaba de terminar.

Mi año 2010 ha estado repleto de emociones. Melchor me regaló el inicio de una vida independiente, en una nueva casa, en enero del año pasado. Compatibilizada con el grato día a día con mis niños, que viven con Elena, su otra madre, en la casa grande.

También me trajo un fracaso emocional muy duro con mi siguiente pareja, una relación estimulante e intensa pero en la que nunca logré que sólo fuéramos dos.  Acabamos como el rosario de la aurora, y justo entonces apareció el cáncer. No sé si fue más dura la enfermedad o su frialdad. Cero visitas. Cero cariño. Dos largos meses de vacaciones para olvidarme, para olvidarse de su abandono, para obviarme en una cama de hospital. Que las diosas se lo paguen, que a mí no me quedaron fuerzas.

Y luego la calma, el silencio. Recuperar el espacio que dejó vacío. Ensancharme, explayarme. Creer y crecer con ello. Sonreir, disfrutar, engañar al dolor físico durante los meses de reconstrucción de mi pecho amputado. Conocerme, simplificar.  Empezó el reinado de las pequeñas cosas.

Y entonces llegó el amor. Primero, el amor a mí misma, a ese yo vapuleado que tanto luchó durante meses por salir del hoyo emocional. Y luego, el orden no podía ser otro, el amor pasional. Kika pintó de azul mi noviembre con el añil de sus ojos. Y hace ya semanas que el mundo no es igual.

La rueda de la vida. Ayer abajo, hoy nos pone arriba. En unos días, me mandará al hospital de nuevo. Pero ahora ya me tengo a mí, entera, cosidos los muñones del alma y reverdecidos en la soledad buscada. Y está mi equipo de incondicionales, que se ha afianzado como un bloque en las esquinas de mi vida. Y de mi mano, llevo el amor. El amor sereno, generoso y apasionado. El que quisiera cultivar el resto de mis días. El que me acompañará en esta etapa con sonrisas y ánimos.

Mi 2010 tiene un buen balance. Queridos Reyes Magos: espero con tantos nervios como mis niños vuestra llegada esta noche. Me gusta tanto mi vida que estoy deseando empezar mañana a desenvolver los regalos de este año. Sé que no terminaré en un día ni en dos, y que estaré abriendo paquetes durante meses. Pero puedo asegurar que paladearé cada sorpresa, y asumiré con buen ánimo las contrariedades. Ahora ya sé que, con una sonrisa, acabarán siendo regalos bonitos y brillantes, aunque a primera vista traigan la etiqueta torcida.

Apago ya la luz. No quiero que me crean despierta y pasen de largo.

¡Feliz noche de Reyes!