viernes, 21 de octubre de 2011

A pie de calle

Ésta ha sido una semana intensa.

El martes la Asociación Española contra el Cáncer puso mesas informativas en los Hospitales, con motivo del Día contra el Cáncer de Mama. En La Candelaria la atendimos cinco voluntarias que estamos relacionadas con él directamente, por haberlo padecido nosotras mismas o alguien cercano.

Me di cuenta en seguida de mis pocas dotes naturales para abordar a la gente anónimamente. La entrada del hospital era un hormiguero: siempre es un lugar al que se entra con prisa. Pero además es que piensan que les vas a pedir dinero y se escabullen. O bien vienen con la mente puesta en su problema de salud, y lógicamente les molesta la interrupción. Por eso me esforcé por vencer la tensión y la incomodidad que sentía, que me hacía sudar debajo de la bata blanca de voluntaria. Y decidí motivarme a mí misma, concentrándome en pensar que quizá a alguna de las mujeres que entraban por la puerta le íbamos a poder cambiar los tiempos con un minuto de charla.

A partir de ese momento me entregué en cuerpo y alma a tratar de informar con eficacia y con cariño, venciendo mi inseguridad a base de un truco quizá tonto, pero que a mí me sirvió. Traté de ver en cada mujer que entraba la cara de mi madre, e intenté ponerme del otro lado, en el sitio de alguien que puede necesitar que le cuenten cómo protegerse, cómo cuidarse.

La mañana fue agotadora, pero me sentí satisfecha después de haber contribuido a repartir cientos de lazos rosas, folletos informativos y pequeños consejos preventivos.

Pero para lo que no estaba preparada era para lo que me encontré hasta en tres ocasiones: mujeres que se paraban en seco cuando les decías de qué iba la campaña, y con una mirada de angustia me decían que YA no necesitaban la información: que ellas entraban para operarse.

¿Qué le dices a una persona a la que quieres concienciar para prevenir, y te mira con cara de entrar en el matadero, con la desesperación de quien no sabe si la vida se le va a parar al día siguiente...?

Nobleza obliga, y con una sonrisa tienes que contarle que tú estás saliendo de eso, que te han quitado dos pechos y aquí estás, mejorando cada día. Y que ella va a salir igual de bien. Y le coges la mano, y le das tu mejor energía para que la acompañe en ese momento de la verdad.

Pero las tres veces en que me encontré de sopetón con esa realidad, tras despedirme las lágrimas me caían hasta la barbilla, y tuve que apartarme un rato de la mesa, para no entorpecer el trabajo de las demás.

Los pacientes con los que trato en Oncología están tristes, pero resignados. Y reciben con agrado una sonrisa que los saque de la monotonía de su tratamiento. Pero el martes me costó enfrentarme a la desesperación de quien no sabe lo que le espera, y te habla nerviosa, a punto de llorar, buscando un clavo al que aferrarse aunque esté ardiendo. Sólo espero que nuestras sonrisas de esa mañana, y nuestro testimonio fueran una prueba viviente de que todo pasa, todo se supera. Y de que nunca faltarán manos que te ayuden a salir del bache.

Al día siguiente, el miércoles, celebramos un encuentro con todas las voluntarias de la AECC que trabajamos en los dos hospitales públicos de la Isla. Y, a pesar de que no estoy pasando un buen momento para socializar, no quise dejar de compartir un ratito con ellas. La sencillez y la calidad humana de estas mujeres -que ya he empezado a atisbar en mi servicio de los jueves- es tal, que cualquier problema se hace pequeño a su lado.

La cercanía al que sufre marca una impronta especial. Y siento que mi corazón está mutándose en esponja, cada día más abierto a absorber la sabiduría y el temple que derrochan las voluntarias de mi alrededor.

Ésta es la verdadera sociedad, la que nos contaban en los libros de Sociales a los niños y niñas de los setenta. Yo veía en sus páginas dibujos de ciudades perfectas, con el policía, el barrendero, la maestra, el estudiante... Todo en su sitio, y todos sacando adelante la comunidad, y manteniendo el orden y la buena convivencia.

(El papel lo aguanta todo, pensé luego durante años...).

Y sin embargo, esta parte de la sociedad existe, ahora la veo. Existe su faceta solidaria, la cuidadora. Y ahí están miles de personas que sacan tiempo de sus obligaciones y de su familia para reír y llorar con el que está en una situación difícil.

Más vale que eduquemos en valores a nuestras generaciones alevines. Porque todos pasaremos por montañas y valles, y en la bajadita -que inexorablemente llega- siempre nos hará falta una caricia y un hombro en el que apoyarnos. Y ahí ya no cuentan posesiones ni logros ni clases sociales. Lo que importa es la humanidad que llevemos dentro, y la generosidad del grupo. Eso es lo que nos hace personas.

Yo estoy aprendiendo, más que nunca, el significado de la palabra solidaridad. Y no por mí, precisamente, que sólo me siento testigo. Sino a través del ejemplo callado de las personas que llevan años haciendo voluntariado de cualquier tipo sin que lo sepa el de al lado.

Mi celebración particular del día más rosa del año ha sido por ellas.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Miradas profundas

Hoy me estrené. Aparecí a las nueve en punto en el Hospital de La Candelaria, delante de la puerta de la oficina del voluntariado de la Asociación Española contra el Cáncer. Y no podía negar que era nueva, porque mi bata blanca crujía, recién sacada de la bolsa, y la sonrisa de colegiala me delataba.

Me han asignado al carrito del café. Y la primera tarea de la mañana fue aprender a cargar sus tres pisos con litros de agua caliente, bolsas de infusiones, magdalenas y caramelos.

Mis compañeras, curtidas tras años de servicio, me fueron desgranando su funcionamiento. Yo, entre el curso y la entrevista con la psicóloga y con la responsable de voluntariado, creía que ya me había hecho una idea. Pero vivirlo es otra cosa.

Aparentemente es algo muy simple. Llevamos bebidas calientes y periódicos a las personas que están recibiendo tratamientos de quimio y radioterapia. Es gente que viene diariamente de todos los puntos de la Isla, y que tiene que estar, por lo general, varias horas dentro, algunas veces en salas en las que no puede haber acompañantes.

Empezamos el recorrido: hematología, sala de espera de hematología, radioterapia, sala de espera correspondiente, pediatría -tragando nudos ante la camita de un niño de la edad de mi hijo mediano recibiendo quimioterapia-, consulta de oncología... Un galimatías de pasillos y ascensores, y muchos umbrales que atravesar con una sonrisa, nuestro saludo rompiendo el silencio cansado de grandes salas colectivas en los llamados "hospitales de día", y la soledad de pequeñas habitaciones con visitas restringidas.

Estaba muy concentrada en no perder el orden de los pedidos (la señora que está sentada aquí, una manzanilla; el que recibe tratamiento a su lado, un café solo con sacarina; un descafeinado para la abuelita de la camilla... -ay, diosas, ya olvidé si era o no con azúcar, volveré para preguntarle-). Pero al llevar cada taza me encontraba con una mirada sorprendente. Unas veces se quedaban esos ojos en los míos, con gravedad, y sin palabras. Pero otras la fatiga se transformaba en sonrisa, y surgía un inicio de conversación, no por corta menos sentida. Muchos se dieron cuenta de que era nueva, y me preguntaban con curiosidad. Y a pesar de mi torpeza evidente al servirles, cuando sabían que era una de ellos nacía una corriente de simpatía más que palpable. Cuánto une una experiencia vital como ésta.

La mañana fue vertiginosa e intensa. Tres horas son apenas suficientes para atender a cerca de 150 personas, recorridos incluidos. Pero cuando terminamos, me dí cuenta de que lo de menos había sido servir cafés. Qué increíble el poder de una bata blanca. Es suficiente para que te surjan peticiones de todo tipo -desde dar una dirección hasta ayudar a una señora en tratamiento a quitarse y ponerse el pantalón en el baño porque con su brazo inútil tras una mastectomia no podía sola-. Y para que los familiares de los pacientes te cuenten la que les está cayendo, y para que te saluden los celadores y todo el personal del hospital por los pasillos, con bromas cariñosas, porque saben bien el valor humano de la entrega al que más lo necesita.

Cuando volvía a casa en el tranvía, sumida en mis pensamientos, de repente me sentí extraña. Me dí cuenta de que estaba rodeada de personas sanas, todos podíamos movernos con libertad en la vida, sin estar atados a un cable de tratamiento.

Y es verdad que tenemos problemas: un paro insufrible y una incertidumbre económica que nos asfixia. Razones no nos faltan para sentirnos mal. Pero cuando ves por un momento la vida desde la sala de oncología de un hospital, te das cuenta de que no hay con qué dar gracias por tener salud.

Lo demás pasará, aprenderemos a vivir con menos, y el orden social se adaptará a los nuevos tiempos, no puede ser de otra manera. Pero, mientras tanto, no dejemos nunca de celebrar la vida. Estamos aquí, y estamos plenos.

Brindo por eso.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Voluntaria

Hace un año, tras aquel amargo episodio de hacer frente a una cicatriz salvaje para la que no estaba preparada, escribí en este blog que intentaría ayudar a las mujeres que estuvieran en mi misma situación. Pero me he tenido que tragar varias veces esas palabras.

La tarjeta de la Asociación Española Contra el Cáncer ha estado meses dando vueltas sobre la mesa, sin que hubiera ninguna tentativa de llamada por mi parte. Y para mí, que no suelo dejar cosas para mañana, ha sido una confirmación de la apatía que invade selectivamente las esquinas de mi alma.

Sé que tengo el aspecto normal de quien va a recoger a sus hijos al colegio. Cara de buena salud. Y una sonrisa siempre a mano. Pero aún no subo una calle en cuesta. Hacer una llamada puede ser un mundo. Y las preguntas difíciles me hacen sudar y revolverme, con ganas de salir huyendo.

Los médicos lo achacan a la anemia pertinaz que me acompaña desde la última operación, y a que el cuerpo ha estado tan ocupado cicatrizando y estabilizándose que ahora es cuando empieza la verdadera recuperación. La física, pero también la emocional.

Esta esperanza de mejoría debe de estar empezando a calar en mí, porque la semana pasada, por fin, me decidí a dar el paso. Fue de manera indirecta, yendo a pedir información a la AECC de las actividades que ofrecen a las pacientes para ponerse en forma. Pero acabé preguntando por el voluntariado, y cuando supe que hay uno específico para apoyar en los hospitales (programa de Primer Impacto), algo hizo "clic" dentro de mí.

No fue casualidad que tres días más tarde estuviera previsto un curso de formación de voluntarios. La vida siempre te da lo que necesitas: sólo hace falta que la escuches. Así que me apunté y hoy he aprendido, con emoción y entusiasmo, los principios básicos de la lucha contra el cáncer, las actividades de la asociación y el código deontológico de las y los voluntarios.

Salí de allí sintiéndome plena. No sólo con la sensación de que esto sí puedo hacerlo, sino sabiendo que es la manera de devolver al mundo un poquito del amor que yo he recibido en todo mi proceso.

El destino que quisiera no es administrativo, ni de acompañamiento en domicilio, sino el contacto con pacientes en el hospital, antes y después de la cirugía. Sé que habrá mucho que aprender, y también mucho dolor que compartir. Pero siento que la vida me ha dado una experiencia única sobreviviendo al cáncer, y no puedo dejar de corresponderle trasladando a otras mujeres un mensaje de esperanza y de solidaridad.

¡Allá vamos!

P.D.: Esta semana un tribunal médico de la Inspección del INSS decidió que aún no estoy apta para trabajar, y prorroga mi baja. No lo esperaba, pero de nuevo la vida me habla para decirme que dé tiempo al tiempo, que no me coma la vida a bocados. Y que el mito de "Superwoman" ha dejado preciosos epitafios por el camino...

jueves, 25 de agosto de 2011

Tatuajes

En mis tiempos de estudiante, una tarde lagunera de domingo decidí taladrarme la oreja con aguja de coser y hielo en el piso de mis compañeras de coral. Llevar tres pendientes juntos en lugar de uno me parecía el máximo de la modernidad. Ahora hace años que no los uso, pero recuerdo la emoción de la transgresión como si fuera hoy.

Algo así he sentido estos meses, cuando pensaba que el largo y tedioso proceso de quirófanos y operaciones iba a acabar en la consulta de una tatuadora. ¡Por las diosas, qué glamour!

Cuando te mastectomizan lo primero que pierdes es el pezón. Y lo reconstruyen con piel de otra parte del cuerpo, que es blanca, claro. Así que el paso final es tatuarlo.

En mi caso mis cirujanos decidieron que mi color natural es tan clarito que iba a ser mejor tatuar el nuevo pezón y el antiguo, de manera que que queden iguales, porque no hay pigmentos tan suaves en el mercado.

Así que hoy me presenté en el gabinete de la tatuadora elegida, sin tener pajolera idea de en qué iba a consistir el invento, pero con los nervios de estar haciendo algo transgresor y divertido. Ahhh, qué refrescante resulta, cuando hace años que ya no te subes a los toboganes de agua.

Bueno, la parte de sangre, sudor y lágrimas la obvio, porque es fácilmente imaginable. Mi piel de pacotilla no aguanta un asalto, así que lo que iba a hacerse en dos sesiones tendrá que ser en tres. Pero el resultado es asombroso. Lo que hace un poco de color... Pone un elemento donde no lo había, crea simetría de un plumazo y, de repente, en este campo de batalla surcado de finas cicatrices, parece que no ha pasado nada.

Es genial. Y eso que yo estuve tentada hace unos meses de no acabar la reconstrucción. Una vez puestas las prótesis, que me devolvieron la imagen que siento mía, ya no necesitaba más. Pero al final me animé, y me he descubierto en esta última fase admirando los avances de la técnica con un punto de coquetería.

Ahora toca una semana de gasas y cremas, de dar besos de lejos para que nadie me apriete con un abrazo traicionero. Y esperar 30 días para la siguiente sesión de ayes y huys. Pero en realidad mi mente está en el calendario de pared, donde he tachado con lápiz rojo los meses que faltan para poder ponerme al sol y lucir el pecho veinteañero que me ha tocado en esta tómbola, jaja.

Por lo pronto, esta noche me voy a buscar la taberna más pendenciera del puerto, que me he ganado un buen vaso de cazalla, ahora que soy una mujer tatuada. ¡Tiemblen, marineros, que le ha salido competencia a sus anclas!

domingo, 7 de agosto de 2011

El gran azul

Recuerdo un capítulo de Pippi Calzaslargas en el que, molesta por no tener nunca vacaciones, decide ir a la escuela de Tommy y Anika el día antes de Navidad para que se las den. Sus amigos no lo entienden... ¡¡pero si ella no va al colegio en todo el año!!

Y sin embargo yo la comprendo muy bien. Después de mi tercera operación, y de varios meses de reposo relativo, por problemas con las prótesis, creo que la semana próxima me darán, por fin, el alta en el hospital. Y espero mi mes de vacaciones con la emoción de los nueve años. Casi me crecen las trenzas pelirrojas de Pippi.

Estos días empiezo a probar mis fuerzas, tras tanta inmovilidad. Primero ha sido una temporada a cargo de los tres peques que me ha dejado con la lengua fuera, pero el simple hecho de haber sobrevivido es buena señal. Y ahora comienzo una semana a solas en la que desplegar poco a poco las alas.

Ayer empecé suave: paseos, lectura a la sombra y cine. Pero la película que vi, "La prima cosa bella", acaba con un refrescante baño del protagonista en las aguas azules de la costa italiana, que se me debió de quedar grabado en el subconsciente.

Y esta mañana, cuando abrí los ojos y ví que aun era muy temprano, mis manos fueron solas a las aletas y las gafas de bucear. Salí con el alba a buscar el mar, y lo encontré.

Pero al verme sobre las rocas, con las olas rompiendo suavemente debajo, fue cuando me di cuenta de mi mala memoria. Siempre me ha dado miedo el gran azul. No la playa, con el fondo de arena clara, sino la profundidad del mar: la luz que se va perdiendo, el abismo insondable.

Me sentí ridícula, como si hubiera saltado de la cama a la roca sin haberme despertado lo suficiente. Pero fue esa misma sensación la que me obligó a salir del bloqueo en el que llevaba instalada un rato y sumergirme por fin.

Fsss... Salpico el agua y luego, nada. No oigo nada, no veo nada. - Abre los ojos, Mayte, que para eso te has puesto las gafas, me digo. - ¿Y si la nada me engulle? Bueno, me dejaré ir...

Entorno los ojos y adivino el tornasol azulado bajo la superficie. Y para no perderme en el vértigo de lo inabarcable, nado hacia la entrada, sobre las rocas sumergidas. Moles grisáceas que me tranquilizan con su pétrea inmovilidad.

Veo algún pez de color indefinido, que se mimetiza con el entorno. Y otro azul intenso, al que sigo durante un rato. Y de pronto, viene hacia mí un banco de pececitos alargados que me rodean. Traen toda la luz del sol reflejada en sus pequeñas escamas, y me hacen sentir viva y feliz.

Salgo pronto del agua, no me vaya a cambiar la suerte y me encuentre con el papá de alguno de estos, que las fobias no se pierden en un día. Pero ha sido un comienzo prometedor.

Y me vuelvo a casa con el verano cosido a la piel, preparada para empezar, en breve, mis deseadas vacaciones.

jueves, 10 de febrero de 2011

Hasta siempre

Me han quitado el último drenaje. Ayer, cuando salí de la consulta de Cirugía del Hospital, tiré a la papelera la bolsa en que lo cargaba, y sentí que era el final de un largo camino. Diecisiete días con una botella y un tubo cosidos a mi cuerpo.

Ya empiezo a ganar autonomía. Primero será ir soldando fibras, los más de 70 puntos que me recorren. Luego, hacer rehabilitación para recuperar una parálisis del bíceps braquial que me ha dejado el brazo derecho en huelga. Y a partir de entonces, empezará de verdad el coger fuerzas para volver física y anímicamente al origen, al tiempo anterior a aquel 28 de julio, en que un diagnóstico y sus consecuencias me volvieron del revés.

Estos meses me centraré en recuperar mis verdaderos 43 años. En estos primeros días toca reposo. Después, empezar a caminar. Y luego, trabajar por rejuvenecer cada semana, para quitar capa a capa los 20 años que la enfermedad me ha puesto encima. Ahora me parece muy lejano el momento en que pueda volver a moverme como antes, a conducir, a tener fuerza para llevar una bolsa, a hacer vida normal. Pero sé que llegará, con paciencia y buena letra.

Mientras tanto este blog, que ha sido mi cordón umbilical con ustedes para contarles mi evolución, pierde su razón de ser. Ya no hay nada que relatar que no sea la pequeña lucha diaria por recuperarme, que empieza hoy. Y ahí ya no hay noticias que dar, porque por suerte todo lo grave ha pasado.

Y como es el momento de mirar atrás y repasar todos estos meses que hemos recorrido junt@s, les confieso que he disfrutado mucho los minutos de gloria que me han regalado siguiendo y dejando comentarios en este blog. Yo, que en mi infancia no era ni la mayor ni la pequeña ni el chico de la casa, que nunca he sido ni guapa ni fea ni todo lo contrario, y que en mi vida no he destacado especialmente por nada, me he sentido protagonista de una historia preciosa. La vida me ha dado la oportunidad de probarme a mí misma, y vaya si lo he hecho. Me he visto resiliente, preparada para devolver la pelota como quiera que viniera. Y en el camino me he llenado del cariño de cientos de personas que ahora forman un pequeño universo estrellado a mi alrededor.

Aunque ésta sea la última entrada de este blog, porque es el momento de ceder el protagonismo a otras causas, me siento feliz con los ratos en que he estado en el latir de tantos corazones. Y cuando necesite un chute de mimos releeré los comentarios a las 46 entradas que he escrito. Retazos de una historia (enfermedad, hospital, recuperación, hijos, amores y desamores, relaciones de familia, emociones, alegrías y tristezas desgranadas semana a semana) que, aunque ahora me parezca increíble, es la mía. Y que ahí queda en letras de molde, como una foto fija que me recuerda lo sorprendente, difícil y, a pesar de todo, inmensamente gratificante que puede ser la vida.

Gracias por ser y por estar, a tod@s y cada un@.

Y cierro con un recuerdo especial a las mujeres que pasan por un cáncer de mama y llegan a estas páginas buscando dar forma a un futuro incierto. Doy fe de que hay vida más allá, y de que éste es sólo un tropiezo que acabaremos superando. Muchos ánimos.

Un beso grande.  ¡Y hasta siempre!

jueves, 3 de febrero de 2011

Solidaridad

Hoy me tocó nueva cura en el Hospital, y bajar al médico de cabecera, en Santa Cruz. Así que entro, diez días después de la operación, en mi casa de La Noria. Bien abrigada con mi trenca, que al piso no le da el sol y en invierno se nota. Hace un mes que las sábanas están como mojadas, y la ropa no se seca bien. Ay, con lo friolera que yo soy.

Abro la puerta y me doy de bruces con un elemento extraño. Primero es el susto de pensar, en una fracción de segundo, quién ha podido entrar y para qué. Y después, una gran sonrisa al caer en que es un flamante deshumidificador que me ha comprado mi hermano. Me he quedado tiritando, pero de emoción.

Algunos en la familia sabían que andaba yo haciendo cábalas para comprar uno a plazos que me aliviara el frío húmedo en la larga convalecencia que me espera, y hoy he sabido que ha habido vari@s candidat@s negociando entre ell@s para ser quien me hiciera el regalo.

Dicen que estamos en un mundo poco solidario.

Pero mi hermano me ha regalado meses de bienestar, y me lo ha traído además a domicilio, en medio de un gran secreto (y con un brazo escayolado), con la complicidad y la ayuda de mi cuñada.

Mi hermana mayor ha dedicado los pocos huecos que le dejan el ambulatorio y sus tres niños, para ejercer conmigo de médico de familia de los de antes, de los que dan con el tratamiento exacto que te hace dulce el dolor, y que se desvelan porque duermas tú.

Mi madre me ha bañado, alimentado y llenado de besos como si fuera de nuevo un bebé. Cómo saben las madres empezar de cero con quien lo necesita. Mi padre me ha entretenido con partidas de dominó y me ha interesado en la actualidad económica y política de nuevo.

Mi tío me ha mandado las mejores verduras de su huerto ecológico. Mi hermana pequeña, dulces caseros sin gluten, insuperables. La madre de mis niños va a hacer, por una larga temporada, de madre soltera de tres fierecillas, sin un minuto de descanso y poniendo a mal tiempo buena cara. Y mi chica ha acondicionado su casa con todo el amor del mundo para que tenga todas las comodidades en las próximas semanas, en que voy a estar a su cuidado.

Ah, claro, pero eso no es solidaridad. Eso es la familia, que es familia aquí y en Madagascar. Pero la gente en la calle no es así.

¿Seguro?

Pues yo no me olvido ni un sólo día de mis compañer@s de trabajo, que están echando horas y cabeza para sacarlo todo adelante, con dos brazos menos. Ni de mis amig@s, que llaman, y escriben, y buscan mil maneras de sacar una sonrisa de este muñequito cosido que soy ahora. Ni de mi vecina, que sube con exquisiteces para aliviar este tramo del camino. Y de tantas y tantas cosas sorprendentes que pasan a mi alrededor como un milagro.

Siento que vivo en una red. Un entramado de solidaridad, donde muchas manos me alimentan (platos ricos, conversación, ánimos, buena lectura) y ese bien les revierte, y llega a muchos más.

Siempre tuve fe en la humanidad. Ahora tengo confianza empírica. Hay tanto bueno en todos nosotros...

Sólo tenemos que asomarnos.

lunes, 31 de enero de 2011

San Bernardo

Mi utilidad como perro de salvamento, dispuesto a salir a la nieve a rescatar caminantes del frío con su barril de whisky, se ha reducido en un tercio.

El viernes me dieron el alta en el hospital, ya con una botella de drenaje menos. Y hoy en mi cura de cirugía, me quitaron la segunda.

Así que vuelvo a casa de mis padres con una sola, y la promesa de mi primera ducha de verdad desde la operación. Ay, qué rico...

Los dolores van mejor, gracias a los desvelos de la mejor médico del mundo mundial, mi hermana mayor. Casi he tenido que hacer una tabla de Excel para tener claro cuántas pastillas y a qué hora, porque las tengo de todas clases y colores. Pero, como resultado, disfruto de un placentero estado de analgesia general, del que no estoy segura de querer salir.

Besos dopados. Hip.

viernes, 28 de enero de 2011

Mordiscos

Dolor, dolor, dolor. Siento colmillos que me traspasan de este a oeste. Mi luna de miel con la sedación acabó hace unas horas, y ahora me enfrento al mundo sin escudo ni casco que me proteja.

Noche larga y oscura, encadenada a la cama por cables de acero: tres drenajes como lastre, y una vía en la mano que me conecta a un mundo insondable de corticoides y antibióticos.

Vuelven la respiración corta y el miedo al movimiento, por pequeño que sea. La mordida de los costurones que aspiran a cicatrices. Las ganas de hundirme en un baño caliente sin sensaciones y sin dolor, flotando en la nada tranquilizadora.

Todo está bien. El dolor de estar avanzando es parte del proceso. Le daré la mano y negociaremos, para que no me anule, que necesito lucidez y risas en mis dobladillos.

Y ya amanece.

miércoles, 26 de enero de 2011

Mi regalo

Hoy ha sido el día. A las 10 de la mañana el equipo de cirujanos me retiró laboriosamente el vendaje que me habían puesto en la operación. Yo contuve el aliento, sin atreverme a mirar. Hace seis meses, cuando me quitaron los vendajes tras la primera mastectomía, fui incapaz de procesar la imagen de mi torso mutilado, y me sentí desfallecer.

Esta mañana el sol entraba travieso por los ventanales, tras el día tormentoso de ayer. Y de repente, como en un relato de Cortázar, la realidad se torna mágica y lo que desenvuelven los médicos, gasas y esparadrapos, se convierte en celofán y lazos de colores. Paran los ruidos de la calle, ya no suena la autopista. Sólo rompe el silencio el crujir del celofán en las manos hábiles de mi cirujana.

Giro sobre mí misma, despacio, para que caigan al suelo las capas de papel brillante, y siento cuatro pares de ojos fijos en mí. Y por fin me encuentro con mi piel, sonrosada y palpitante. Y el regalo aparece ante mi vista: dos pechos pequeños y turgentes, llenos de vida. Me hacen un guiño. Seguirán haciéndolo hasta que me tatúen el pezón derecho, que ahora no existe. Pero mientras tanto sé que me sonríen, cómplices, con su risa mellada, desigual y maravillosa.

Desde que mi hija de siete años me hizo ver que la asimetría no era un problema, porque estaba más en mi cabeza que en los ojos de los demás, fui capaz de salir a la calle sin prótesis en las fases en que mi piel alérgica la rechazaba. Pero para alguien tan cuadriculado como yo, que me deleito en el feng-shui y en la armonía de todo lo que me rodea, fue difícil acostumbrarse a salir de la ducha con cuerpo de amazona.

Estos últimos meses he aprendido a encariñarme con la diferencia, también gracias a la mirada amorosa de Kika, que guardaba una ración de cariño para cada uno de mis pechos, y que sé que sintió pena por perder el que me vaciaron hace dos días. Me consta que este blog lo leen mujeres que pasan por mi mismo proceso. Si tuviera la oportunidad de hablar con sus parejas, les diría que no hay declaración de amor más grande que la que te hacen al desearte y al quererte disfrutando de tu asimetría.

Y es ahora, con mi aceptación plena de lo que he sido, cuando la vida me hace un regalo de talla 85, que es mucho más que los 345 gramos de silicona que me han puesto por duplicado. Significa salud, con la superación del cáncer. También autoimagen (y problemas con mi chica como me miren mucho el escote, jaja). Y es volver en unos meses, tras rehabilitación y curas, a mi vida normal: a disfrutar de un baño en la playa sin complicaciones, y a guardar en el altillo prótesis y bandas elásticas para que cojan polvo sin preocuparme.

Me gusta mi regalo. Todo el proceso lo ha sido. Pero hoy, más que nunca, tengo que decir: ¡¡Gracias!!

lunes, 24 de enero de 2011

Despertar

¡Hola! Ya estoy en la habitación. La operación ha salido muy bien. Duró cuatro horas, y me estoy recuperando de la anestesia mucho mejor que la otra vez. El único efecto secundario que tengo, aparte del dolor, es una llorera tonta que me ha entrado desde principio de la tarde. Creo que lloro de alivio, por estar aquí de nuevo y por tener la inmensa suerte de compartirlo con mi padre -después de su derrame cerebral de septiembre es como un milagro- y con todos mis seres queridos.

Tengo tal ración de mimos a mi alrededor que, ahora que ya está acabando el proceso, siento que ya puedo aflojar y permitirme nadar en emociones. Así que aquí estoy, con una mano en la bomba de morfina y la otra en el pañuelo.

Por hoy nada más, tantas lágrimas me han robado la poquita fuerza que me quedaba. Pero qué bueno es dejarse ir, sabiendo que las energías que ustedes me mandan empiezan a llenar mis alforjas.

Gracias por tantos mensajes que no he podido contestar estos días. Llegan cargados de cariño y cada uno es único y especial para mí.

Buenas noches y hasta muy pronto.

domingo, 23 de enero de 2011

Habitación 304

Esto de ingresar en el Hospital un domingo me ha descolocado un poco. Admisiones está cerrado, sólo queda abierta la tienda en la entrada principal, y el edificio tiene hoy un aire de centro comercial vacío.

Entramos Kika y yo por Urgencias, y aguardamos más de una hora en una sala de espera atestada. Por fin me llaman, y un auxiliar nos lleva a un cubículo minúsculo donde tramita el ingreso y me pone en la muñeca una pulsera de identificación. Me ha hecho hasta ilusión, y le he preguntado si en este "All inclusive" me puedo subir en todo. El tipo me mira como si me hubiera dado un airón ahí fuera. Para mí que hasta echa un vistazo de reojo al diagnóstico de mi formulario médico para ver si lo ha leído mal y tiene que redirigirme a urgencias psiquiátricas. Qué poco sentido del humor, cristiano...

Subimos a planta, donde el equipo de enfermería me recuerda de sobra, para mi sorpresa. La enfermera que está en el control se ablanda al saber que Kika vive en el Sur y accede a que se quede a pasar la noche en el silloncito de mi habitación compartida, a pesar de que no está permitido. Qué bueno, así puede bajar conmigo a quirófano por la mañana, y despedirme como en las películas. Bueno, como en las series, porque espero salir de allí como Pamela Anderson, por lo menos, con la música de "Los vigilantes de la playa" de fondo...

Me operan tempranito, a las ocho de la mañana. Mejor; como dice mi hermana, así están todos fresquitos (y con los metales bien afilados, añado, jaja).

Yo, por si acaso, pienso soñar esta noche con un mal ensayo general, para que la función de mañana sea brillante y perfecta. Tantos años de teatro juvenil me han dejado esa buena costumbre.

Besos a tod@s. Mañana no sé si algún@ de ustedes se quitará un peso de encima, pero les aseguro que yo sí. Daré la bienvenida a una mujer nueva, sin prótesis de ortopedia y con muchas ganas de volver a mi vida ¿normal?

Como esta vez amenazan con no regalarme un dispensador de morfina para mí solita, en vista de mi sobredosis del post-operatorio anterior (ay, Mayte, con los años cada vez más viciosa...), supongo que esta vez estaré lúcida pronto, así que espero dar noticias antes de la noche.

Y de nuevo, ¡hasta la victoria siempre, comandante! Que no es que tenga yo mucha querencia a Fidel (a los cubatas sí, ya sé que todos dan fe), pero la intención es lo que cuenta...

martes, 18 de enero de 2011

La llamada

Por fin ha llegado la llamada que esperaba. Todas las Navidades he estado pendiente del teléfono, pero hasta hoy no me han llamado del hospital. Me ingresan este domingo para operarme el lunes, 24 de enero.

Qué bien sabe el universo encajarlo todo. Esta semana entera estoy a cargo de mis peques, porque su madre está de viaje, y eso me va a dejar jugar con ellos, abrazarlos y espachurrarlos día y noche, para cargarme las pilas con su tacto, su olor y sus risas, por todas las semanas en que no podré hacerlo luego.

Repaso mentalmente lo que tengo que hacer antes de la operación. Y es muy poco, pero significativo. Curarme bien el gripazo que cogí días atrás, para que no haya problemas con la anestesia. Hacer una maleta para el postoperatorio en casa de mis padres. Y avisar a mis amigos para que preparen ración doble de buenas energías y la envíen por banda ancha.

Yo, por esa misma vía, les mando mi cariño y un ¡¡gracias!! muy grande por estos meses de compañía. A los que me siguen semana a semana y a los que se quejan cuando mis crónicas se espacian. A mis amig@s de aquí al lado y a l@s cibernétic@s. A mis blogueras. A tod@s, un beso grande.

¡Seguiremos informando!

miércoles, 5 de enero de 2011

La hora bruja

Dicen que ésta es la noche más especial del año. Para los que hoy son niños, y para los que un día lo fuimos.

Y entre todo el revuelo de la cuenta atrás (nervios, cabalgata, vuelta a casa con los peques reventados, duchas y cenas vertiginosas...), lo mejor empieza para mí cuando hay que preparar el escenario para recibir a Sus Majestades como es debido. Que bien puedes ser republicana, pero esta noche no hay quien se resista al encanto de la Corona.

Amalia, desde la altura de sus siete años, ha hecho un despliegue artístico combinando una reliquia familiar, dos platitos de plata antigua, con bandejas que los realcen. Como las servilletas eran blancas, decidió pintarlas con acuarelas. Qué mano tiene la criatura; como Zapatero siga mucho tiempo jugando al Risk con su gobierno de la señorita Pepis, el año que viene la pongo desde noviembre a hacer manualidades, a ver si nos saca de pobres.

Galletas para los Reyes, y otras sin gluten para Gaspar, que de todos es conocido que es celíaco, como mami. Tres copas de vino bien servidas, y una bandejita con caramelos. Alberto se ha divertido poniendo agua y garbanzos a los camellos, con la emoción de participar por primera vez en el ritual. Cuatro años ya son un grado.

Tras poner los zapatos en la alfombra, incluida la botita de Guille, que ya lleva horas en su cuna soñando con Pocoyó, los peques se han acostado.

Y después de canciones y doble ración de cosquillitas, que hoy no había quien se durmiera, ha empezado la hora bruja. Ese espacio de espera en que velas el sueño de tus niños con emoción, esperando a que su respiración se acompase y duerman profundamente, antes de transformarte en paje para la tarea más bonita del año.

En un ratito empezaremos a preparar todo en el salón. Pero ahora, en el momento mágico en que la casa está aparentemente inactiva, empieza un momento de intimidad y de quietud en el que escribo con el pensamiento mi propia carta a los Reyes Magos, y hago un vuelo virtual sobre lo que trajo el año que acaba de terminar.

Mi año 2010 ha estado repleto de emociones. Melchor me regaló el inicio de una vida independiente, en una nueva casa, en enero del año pasado. Compatibilizada con el grato día a día con mis niños, que viven con Elena, su otra madre, en la casa grande.

También me trajo un fracaso emocional muy duro con mi siguiente pareja, una relación estimulante e intensa pero en la que nunca logré que sólo fuéramos dos.  Acabamos como el rosario de la aurora, y justo entonces apareció el cáncer. No sé si fue más dura la enfermedad o su frialdad. Cero visitas. Cero cariño. Dos largos meses de vacaciones para olvidarme, para olvidarse de su abandono, para obviarme en una cama de hospital. Que las diosas se lo paguen, que a mí no me quedaron fuerzas.

Y luego la calma, el silencio. Recuperar el espacio que dejó vacío. Ensancharme, explayarme. Creer y crecer con ello. Sonreir, disfrutar, engañar al dolor físico durante los meses de reconstrucción de mi pecho amputado. Conocerme, simplificar.  Empezó el reinado de las pequeñas cosas.

Y entonces llegó el amor. Primero, el amor a mí misma, a ese yo vapuleado que tanto luchó durante meses por salir del hoyo emocional. Y luego, el orden no podía ser otro, el amor pasional. Kika pintó de azul mi noviembre con el añil de sus ojos. Y hace ya semanas que el mundo no es igual.

La rueda de la vida. Ayer abajo, hoy nos pone arriba. En unos días, me mandará al hospital de nuevo. Pero ahora ya me tengo a mí, entera, cosidos los muñones del alma y reverdecidos en la soledad buscada. Y está mi equipo de incondicionales, que se ha afianzado como un bloque en las esquinas de mi vida. Y de mi mano, llevo el amor. El amor sereno, generoso y apasionado. El que quisiera cultivar el resto de mis días. El que me acompañará en esta etapa con sonrisas y ánimos.

Mi 2010 tiene un buen balance. Queridos Reyes Magos: espero con tantos nervios como mis niños vuestra llegada esta noche. Me gusta tanto mi vida que estoy deseando empezar mañana a desenvolver los regalos de este año. Sé que no terminaré en un día ni en dos, y que estaré abriendo paquetes durante meses. Pero puedo asegurar que paladearé cada sorpresa, y asumiré con buen ánimo las contrariedades. Ahora ya sé que, con una sonrisa, acabarán siendo regalos bonitos y brillantes, aunque a primera vista traigan la etiqueta torcida.

Apago ya la luz. No quiero que me crean despierta y pasen de largo.

¡Feliz noche de Reyes!