lunes, 8 de noviembre de 2010

¿¡Y tú qué sabes!?

Una amiga me manda una entrevista reciente a Joe Dispenza, coautor de la película "¿¡Y tú qué sabes!?", que trata sobre el poder de elegir. Compré el libro hace unos años, y el artículo me retrotrae a aquella sucesión de testimonios de científicos y filósofos que reflejaba cómo nuestras actitudes influyen en nuestra experiencia y en nuestra realidad.

La mayoría de esos pensadores coincidían en que cuanto más alumbran las hogueras del conocimiento, mayor se nos revela la oscuridad. Y es que, si siempre pensamos que sabemos la respuesta, ¿cómo podremos crecer?

En ese sentido, hay una historia que me encanta, por lo ilustrativa que es:

Un profesor universitario visitó al maestro zen Nan-in, para preguntarle sobre la filosofía zen. Pero en vez de escuchar al maestro, el visitante expuso una y otra vez sus propias ideas.

Tras escuchar durante un rato, Nan-in se dispuso a servir el té. Llenó una taza hasta el borde y siguió vertiendo. El té rebasó los bordes de la taza, llenó el platito y se derramó por los pantalones del hombre y por el suelo.

'¿No ve que la taza está llena?' explotó el profesor. '¡No puede seguir llenándola!'.

'Exactamente', respondió Nan-in con calma. 'Al igual que esta taza, usted está lleno de sus propias ideas y opiniones. ¿Cómo puedo explicarle la filosofía zen si no vacía su taza primero?'

Vaciar la taza significa estar abiertos, reacondicionarnos para poder aceptar, de momento, el no saber. De ahí surgirá un conocimiento mayor.

Y volviendo a la entrevista con la que comenzaba la reflexión de hoy, Dispenza es un bioquímico norteamericano que lleva años dando conferencias a lo ancho y largo del mundo sobre las mecánicas del cambio. Cuando a los 24 años un grave accidente lo dejó en silla de ruedas, decidió no operarse, y testar la capacidad de su cuerpo de regenerarse a sí mismo. Ése fue el principio de un proceso, vivido en carne propia, del que saca conclusiones más que interesantes.

Por ejemplo, que queremos que cambien cosas en nuestra vida, pero seguimos teniendo los mismos pensamientos y viviendo las mismas emociones día a día. La repetición de este ciclo entrena al cuerpo para vivir en el pasado en vez de en el presente, y nuestra mente vuelve a él constantemente. La clave está en cambiar nuestro estado emocional.

Que cambiar es pensar de forma más amplia, conectándonos a un sueño, a una idea que ya existe en el campo cuántico de posibilidades. Es creer en ese futuro cuando todavía no se puede percibir con los sentidos.

Que a veces lo vemos claro en la mente, pero no sabemos llevar ese cambio a la práctica.

Inundémonos, pues, con lo que de verdad queremos en la vida, y permitamos que nuevas estructuras mentales y emocionales nos invadan. No somos personas definitivas, el cerebro humano está diseñado para evolucionar. Y eso se hace cambiando de pensamiento.

Esta teoría del cambio resuena mucho en mi interior desde hace dos o tres años. Para empezar, tenía grandes prejuicios contra ella, porque socialmente estaba imbuida de las virtudes de la coherencia y la permanencia. Mis propias creencias sobre mí misma me mantenían en una estructura rígida y estática, que no me dejaba crecer.

El zen me ayudó a mirar sin ceguera. Y luego la vida me desbordó la taza, para darme la oportunidad de vaciarme. Ahora ya no sé quien soy, anegadas las defensas que construí durante años, deshecha la autoimagen con la que me protegía del mundo.

Ya no sé quién soy, pero empiezo a ser yo misma en cada momento. Y es un yo cambiante, lleno de curiosidad ante las nuevas experiencias y las emociones sin estrenar que me trae la vida, las buenas y las malas.

Porque desde que acepté que no tengo control sobre mi existencia, solo sobre mi actitud ante lo que me pasa, voy fluyendo con la corriente. Y a medida que cambia mi pensamiento, va cambiando mi realidad.

Es un buen experimento. Quizá no una fórmula filosofal, pero sí la llave hacia una nueva libertad: la de ser yo misma, le pese a quien le pese.

¿Y tú, lo sabes ya todo de ti, o te atreves a dar un paso fuera del redil?

7 comentarios:

siempreconhistorias dijo...

Abriendo la puertita estoy, para salirme del tiesto y seguir aprendiendo y aprehendiéndome.
Muy interesante la entrada.
BEsitos.

Filomena dijo...

Me quedo con que no somos "personas definitivas": ¡cómo insita al cambio! Efectivamente, no tenemos control sobre nuestra existencia, pero sí sobre nuestra actitud ante lo que nos va pasando: ¡qué sabia reflexión! Aquí me quedo vaciando mi taza. :-)

Interesante tu post, Mayte. Besos

Horizonte dijo...

creo que la percepción que yo tengo de mi es incompleta... necesito la percepción del otro para tener una idea de cómo soy..., yo intuyo cómo puede ser mi espalda, pero no la veo, los demás, sí... Si lográramos escuchar sin trabas, seguramente descubriríamos muchas más cosas de nosotros

farala dijo...

me he pegado esta noche el gran atracón: desde antes de tu operación hasta hoy: precioso blog, y maravilloso espíritu de comunicadora!

Gara dijo...

Cuando vivía en GRanada y las palabras eran mis amigas, empapelaba las paredes con todo lo que no quería olvidar que podía ayudarme en mi camino: poemas, preguntas, ideas sueltas...

¿Sabes? voy a buscar una imagen de agua derramándose de una taza y la colgaré sobre la mesa.

Vi la película hace bastante tiempo; quizá sea hora de darle un repasito. Me ha gustado mucho La lectura personal que haces sobre ella =)

golondrina dijo...

Golondrina dijo:
al leer tus líneas ha resonado en mis oídos una querida y ausente voz, recitando a Tomás Morale.."en un rincón la pila canaria, con el bernegal de barro, rebosando agua fresca"...
Sí, agua que bebíamos con avidez después de nuestras correrías infantiles...
Agua que parece brotar de tus líneas para decirnos que hay que seguir creciendo por dentro y el esfuerzo siempre merece la pena.
Sigue escribiendo y creciendo... Y nosotros contigo.

Ana Cotter dijo...

…. por fin hoy me pude colar en tu blog para saber como te va todo, como te encuentras, y leo estupendas noticias sobre tu Padre, sobre ti…

¿¡Y tú qué sabes!?

Mi padre tuvo un derrame cerebral hace unos cuatro años. Despertó pasados unos días. Cuando llegó a casa no caminaba, no tenía fuerzas en un brazo, se le caía la boca (..y la baba) y no había Dios que le entendiese cuando hablada. El humor, de espanto.

Hoy, ha ido a pasar consulta siguiendo el mismo ritual que hace 4 décadas. A sus 73 años, sus pacientes siguen confiando en él. En su diagnóstico, en sus manos, en su saber hacer…

Un beso gigante.

Ana

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