viernes, 8 de octubre de 2010

Cocina de otoño

Hoy me asomo al blog con dos noticias.

La importante es que mi padre vuelve a la vida con fuerza. Primero será respirar por sí mismo, luego dejar la UVI, y cuando menos lo esperemos nos regalará sus sonrisas en planta. Pienso pedirle todos los besos atrasados que nos debe después de seis días vagando en el éter de la inconsciencia.

La otra es pequeña pero significativa para mí. Mi cocina ha salido de su letargo. De un invierno que le ha durado más tiempo del debido. De ser esa habitación donde llenar de agua el vaso y calentar las comidas de mi madre, ha pasado a ser un muestrario de calabazas, setas y castañas.

Nunca quise aprender a cocinar. Convivir con tres fantásticas cocineras -mi madre y mis dos hermanas- educó muy bien mi estómago, pero me incapacitó el ego durante años. Mejor dejarlo estar, que a lo peor se confirmaba mi poco arte.

Pero cuando estrené mi primera casa, no me quedó más remedio que ponerme. Recuerdo aquella cocinita cuadrada de Bajamar, asomada a las montañas de Anaga, que fue testigo del primer intento: una coliflor con bechamel con consistencia de sopa que mi amiga Merce comió sin alterar el gesto, que las diosas la bendigan.

Luego descubrí lo que podía hacerse con el ajo y la cebolla... ¡era la fórmula filosofal! ¿cómo había vivido 24 años sin conocer la capacidad transformadora de un sofrito?

A partir de ahí ya no dejé de disfrutar. Siempre me gustó cocinar con vino, incluso algunas veces se lo ponía a la comida... ;-) Y no podía faltar una buena música de fondo. Arias, conciertos y sinfonías marcaban la cadencia del hervor de los guisos en el horno. Así nada podía salir mal.

Cuando aumentó la familia dejé la cocina. Los frutos del largo curso de cocina energética en Barcelona pasaron a Mónica, que ha cuidado de mis hijos desde que nacieron y sigue preparando amorosamente sus comidas con mano sabia.

Y desde que he vuelto a vivir sola confieso que he abusado de latas y bolsas de ensalada. No me culpo por ello, era lo que tocaba.

Por eso ahora me ha sorprendido el estallido de colores y aromas en mi cocina. De repente me han vuelto la inspiración y la chispa. Y especialmente cuando, como anoche, el dolor del proceso de reconstrucción de mi pecho ha sido grande, me levanto con ganas de exorcizar los fantasmas nocturnos y me meto temprano en los fogones. Hablo con el curry y la canela, hago un guiño a los piñones y las pasas, y preparo tablas y cuchillos para que empiece el baile.

Pura alquimia de otoño en mi cocina.

5 comentarios:

Alicia dijo...

Doy fe de que todo lo que se dice en este post es absolutamente verídico. ¡Y no lo digo por las anécdotas familiares, sino por el riquísimo almuerzo que has preparado para celebrar tu vuelta a la cocina! Ya sé a lo que me recordó tu frangollo: a un postre llamado Noches libanesas, aromatizado con agua de rosas y cuajado de pistachos... lo comí en casa de unos amigos palestinos y nunca me he olvidado. ¡Pues es la misma sensación!, la almendra, la miel de palma... delicioso.
Oye, y las setas, magistrales.
Que estaba yo pensando que... no tengo nada para comer mañana... ¡era por si acaso seguías inspirada!
;-)

bdelabanda dijo...

Dice mi amiga Mayte que ella no sabe escribir... Hay que fastidiarse.
Yo tengo un caso verídico, que es que en su última visita nos hizo pollo al curry para un mes y tiramisú para una semana.
Ánimos a don Paco, que se merece una buena concina preparada por sus cuatro cocineras favoritas, cuando salga del hospital...
Miles de besos, familia!

Concha dijo...

Hola Mayte: Hoy en el bosque de La Esperanza había gente recogiendo setas... Si lo llego a saber... Un beso. Concha Díaz

Anónimo dijo...

Un zoco, un bazar, una trastienda…
Creo recordar que en algún momento coincidimos con la canela en rama, el clavo, las bolsitas de curry… El jengibre impregnaba la estancia envolviendo cada bocanada de aire en pura magia oriental.
Si no recuerdo mal reposaban silenciosos sobre un tapete verde imposible de olvidar.
Desde entonces, ya los guisos nunca fueron los mismos.
Jamás falto la inspiración y la chispa. Un breve paréntesis de bolsas de ensalada y latas no es suficiente para batirte en retirada.
No dejes que te duela el paladar tanto como la reconstrucción de tu pecho.
Déjate llevar de nuevo al zoco, al bazar, a la trastienda…

Suelena dijo...

Felicidades por lo de tu padre. A ver si sale pronto del hospital.

Con respecto a la comida, que suerte has tenido, con lo bueno que es comer y tener cerca quien cocine bien es todo un lujo.
besotes

elena

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