viernes, 29 de octubre de 2010

Sin noticias de Gurb

No sé cuántos días hace que no escribo, pero empieza a sonar a mi alrededor un coro de voces que entona un "Ya te vale" muy irrespetuoso, así que vengo a dar noticias.

Y me acuerdo de uno de los libros más divertidos que ha dado la literatura española, "Sin noticias de Gurb". Eduardo Mendoza, de tanto en tanto, se baja de la seriedad de sus novelas negras y nos regala obras hilarantes donde las haya. Este librito, que se lee en dos patadas, me causó, estando embarazada, tal ataque de risa que al cabo de una hora estaba de parto de mi hija mayor. Con un atracón de ositos de goma entre pecho y espalda que tuve que acabar confesando a la anestesista. Este episodio de mi biografía, que siempre negaré si no es en presencia de mi abogada, casi me deja sin epidural por incompatibilidad. Ay, genio y figura...

Pues este alienígena llega a la Barcelona olímpica de Maragall acompañado de su amigo Gurb, y lo manda en misión de exploración para conocer las costumbres de los lugareños. Y ahí se pierde su pista, y empieza la aventura para encontrarlo, que no tiene desperdicio.

Yo no soy Gurb y no me he perdido, pero lo mío también es para escribirlo. Visto que el servicio de cirugía del HUC me ha cogido como conejillo de indias para averiguar cuánto helio se puede meter a un balón humano sin que explote, ando sin salir de casa no sea que me tenga que agarrar a una farola. Que este viento de octubre anda revoltoso. Y no quiero salir volando como Gurb, pero sin nave espacial.

Lo bueno es que ayer acabé con las curas para la reconstrucción. Las últimas semanas han sido duras, porque la zona ya no da para más, músculo y piel van al límite, y las noches son un tormento. Ahora me dan un mes para que todo se estire como debe, y ya sin tensión poder operar. El 9 de diciembre me revisan, y si todo ha ido bien, ponen fecha a la intervención.

Así que lo tengo decidido. Cuando no pueda dormir, recurriré a Gurb para poner el dolor en cuarentena. Pero por si acaso, cuando se vaya acercando la operación quitaré los ositos de goma de mi dieta lectora.

¡Que no pienso tropezar dos veces en la misma piedra!

martes, 19 de octubre de 2010

Y el día se tiñó de rosa

La mañana amanecía tranquila. Pero una llamada madrugadora me sacó de la ducha. Ya en Madrid desayunaban con la noticia de la reseña del blog en un diario nacional.

A partir de ahí empezó el día de los milagros. El email se colapsó de mensajes de felicitación y de apoyo. Las visitas al blog se multiplicaban por centenas. Y mi página en Facebook se tiñó de rosa, mi color favorito, el color de la feminidad y de mi opción. Ahora, también el color de mi causa.

Hoy todos han sido yo. Y yo he sido Mayte y las demás que luchan, y también las que no pudieron contarlo.

Cada nueva amiga, cada nuevo amigo que iba escribiendo en mi muro, encendía una vela en mi interior. Cada frase traía un suspiro de aliento. Cada foto personal cambiada por un lazo rosa, un guiño a la esperanza.

Cuando vives emociones tan intensas como las de hoy, llega un momento en que ya no puedes pensar, se te colapsa la filosofía. Y entonces empiezas a sentir.

Y pasó ante mí cada momento de estas últimas nueve semanas, nueve martes desde aquella operación que me cambió la vida. Y me pregunté qué había hecho para merecer todo el amor que he recibido desde entonces.

La opinión general es que he sido valiente en mi lucha contra la enfermedad. Bueno, ése es sólo un detalle de la película. Y no creo que tenga mucho mérito. Pero sí hay una valentía que cuesta más, y es la de desnudar el alma sin dejar nada dentro.

Sinceramente, cuando la gente me escribe mensajes increíbles, o me llama llena de cariño, o me manda su amor de mil maneras, pienso que no es en respuesta sólo a mi entereza ante el dolor físico. Creo que salir del armario de la convención social, y reconocer que has sufrido por amor, que eres una madre imperfecta, que lloras, ríes, te estresas y tienes todas las debilidades de nuestra especie, toca una fibra que nos acerca.

Y el regalo de estos tiempos es haber podido pulsar esa tecla, con visos de varita mágica, que todos llevamos dentro. Y de repente hablo de lo divino y de lo humano con personas que sólo conozco de lejos pero me han leído. Y surge un hilván de emociones compartidas donde antes sólo había saludos educados.

Mi conclusión es que ser más auténticos deshace los miedos. Soy libre y dueña de mi vida porque ya sé decir que no a lo que me sienta mal -muchas visitas, dormir poco, no hacer al menos una cosa al día que me ilusione-; he aprendido a poner límite a las relaciones que no fluyen, y a no buscar en los demás la aprobación basada en el 'hacer'. Ahora me he empeñado en que me quieran por 'ser' y, caramba, qué bien me sienta.

Por eso la especial no soy yo. A mí la vida me ha dado la oportunidad de dar el salto. Pero esa delicada materia de la que están hechos los sueños está en todos nosotros. Yo lo compruebo ahora cada día, sin excepción.

Sólo tengo que pasear por los comentarios de este blog o por mi bandeja de entrada para recordarlo. Y si además abro Facebook y leo las decenas de razones que muchos de ustedes han esgrimido para que siga luchando "en este raro negocio que me ha tocado en suerte", María José dixit, entonces sólo puedo respirar hondo, llena de orgullo por esta humanidad que es capaz de darlo todo cuando se le llega al corazón.

El mío, desde luego, está hoy bien tocado. Mil gracias por este 19 de octubre.

jueves, 14 de octubre de 2010

Todo pasa

Reconforta estar de nuevo en la sala de espera de la sexta planta del Hospital. Nunca creí que diría esto de las curas de cirugía que me dejan fuera de juego cada jueves.

Pero esta vuelta a la rutina me recuerda el proverbial dicho zen de que todo pasa.

Un buen amigo que ha luchado terriblemente durante meses descansa al fin. Mi padre inaugura hoy su nueva vida fuera de la UVI. Mi segunda operación se va acercando, a medida que supero con buena nota la reconstrucción. Y ayer cerré el proceso de duelo por mi relación anterior, a quien puedo por fin desear que le vaya bonito.

Todo pasa. Es bueno recordarlo cuando caemos al precipicio. Pero también en la cima de la montaña. Nada se consolida en esta vida: la buena salud no es para siempre, los seres queridos no nos pertenecen y algún día pueden marcharse de nuestro lado; los éxitos de hoy, mañana tornan en fracasos. Pero estamos en una rueda, y también eso pasará, y volverán las alegrías.

Si algo he aprendido es que el dolor no podemos evitarlo. Lo que sí podemos evitar es el sufrimiento. Y éste está en nuestra mente, y se alimenta del pasado -los apegos- y del futuro -vivir para desear-.

¡Elijamos el presente! Es lo único que de verdad es nuestro. En el 'aquí y ahora' no existe añoranza por lo que ya no está. Ni un desgaste de planes de futuro que impida disfrutar de verdad el hoy.

Reconozco que en un "impass" como el mío todo es aparentemente más fácil. Aunque también podría estar llorando el pasado: motivos no me han faltado en los últimos meses. Pero por suerte la enfermedad me ha dado un buen revolcón, enseñándome a vivir el presente, a hacer menos cosas y a disfrutarlas más.

Piénsalo, ¿cuánta energía ganarías para tu vida diaria si te preocuparas menos y rieras un poco más? ¿Cuántas obligaciones innecesarias te exiges al final del día? La crisis nos ha enseñado a vivir con menos cosas, ¿tenemos que esperar también a tener una enfermedad grave para aprender a vivir con menos angustia?

Todo pasa. Y el milagro se produce en ti. Si te aferras, sólo tendrás lo que quepa en un puño. Abre tus manos, celebrando la vida, y pasará por ellas toda la arena del desierto.

lunes, 11 de octubre de 2010

Llueve tu adiós

Noche oscura de luna menguante. Una pequeña multitud silenciosa te espera. Luces de escolta a lo lejos traen el dolor en forma de coche fúnebre. Un aplauso sentido. Cruje la noble escalera cuando subimos, todos a una. En la Presidencia del Gobierno, que fue tu casa, hasta la piedra y la madera están de luto.

Tu foto, junto al ataúd, tiene una sonrisa. Pero lloro al verla. El goteo continuo de visitas para despedirte se va espaciando con las horas. Cuatro corazones uniformados te rinden honores, infatigables, y la madrugada avanza.

Es noche cerrada. Y fuera, el viento que te recibió no amaina.

Ahora que ya no suenan pisadas, afino los sentidos. Y cobran vida el chisporroteo de las velas, el perfume de las flores, la bandera que te envuelve. Es un privilegio estar aquí contigo en las horas en que el mundo duerme. Ahora eres más nuestro, y puedo derramar ríos de lágrimas por lo que hemos vivido, por lo que ya no podremos compartir y, sobre todo, por el corazón roto de la mujer coraje que no soltó tu mano en meses de lucha. Palpando su tristeza, sentí que ella no habría dudado en cambiarse por ti si eso te hubiera traído de vuelta.

Ya de mañana el cielo llora con lluvia fina. Cala en las almas tristes de los que velamos sin hablar, sin saludarnos. No nos miramos pero nos reconocemos. Somos los que te acompañamos desde los rincones oscuros de la sala. Y el gris del cielo es una extensión de la pérdida que nos empapa.

Con el mediodía se cierran las puertas. Despedida en privado, último capítulo de una intensa historia de amor con tu mujer, con tus hermanos y los hijos, cuatro valientes. Emociones contenidas en quienes pudimos compartir con recogimiento esa escena de adiós serena y dulce.

Ya en la calle, tu ataúd recibe a hombros los honores del himno de Canarias, un arrorró que acuna a los isleños y que hoy nos estremece hasta el infinito, mientras la lluvia blanda y triste multiplica lágrimas en los rostros silenciosos.

Caminamos detrás de ti hacia la iglesia. Te había prometido el sábado que no te dejaríamos solo, e hicimos el camino contigo, empapados de agua y de pena.

Todo el día ha seguido lloviendo. En la calle y aquí dentro. Y me pregunto cuánto tiempo pasará hasta que podamos recordarte con sonrisas. Te has ido tan pronto que la impotencia ha sepultado la alegría.

Pero tú le hubieras quitado hierro, plantando cara a la vida. Y la mirarías de nuevo a los ojos, de frente y sin miedo.

Sigo tu ejemplo, pues. Yo quiero ser de tu equipo. Y aprender a luchar por lo que quiero de veras, con integridad y con pasión sin medida.

Quédate cerquita, Adán. Vamos a necesitar tu fuerza.

viernes, 8 de octubre de 2010

Cocina de otoño

Hoy me asomo al blog con dos noticias.

La importante es que mi padre vuelve a la vida con fuerza. Primero será respirar por sí mismo, luego dejar la UVI, y cuando menos lo esperemos nos regalará sus sonrisas en planta. Pienso pedirle todos los besos atrasados que nos debe después de seis días vagando en el éter de la inconsciencia.

La otra es pequeña pero significativa para mí. Mi cocina ha salido de su letargo. De un invierno que le ha durado más tiempo del debido. De ser esa habitación donde llenar de agua el vaso y calentar las comidas de mi madre, ha pasado a ser un muestrario de calabazas, setas y castañas.

Nunca quise aprender a cocinar. Convivir con tres fantásticas cocineras -mi madre y mis dos hermanas- educó muy bien mi estómago, pero me incapacitó el ego durante años. Mejor dejarlo estar, que a lo peor se confirmaba mi poco arte.

Pero cuando estrené mi primera casa, no me quedó más remedio que ponerme. Recuerdo aquella cocinita cuadrada de Bajamar, asomada a las montañas de Anaga, que fue testigo del primer intento: una coliflor con bechamel con consistencia de sopa que mi amiga Merce comió sin alterar el gesto, que las diosas la bendigan.

Luego descubrí lo que podía hacerse con el ajo y la cebolla... ¡era la fórmula filosofal! ¿cómo había vivido 24 años sin conocer la capacidad transformadora de un sofrito?

A partir de ahí ya no dejé de disfrutar. Siempre me gustó cocinar con vino, incluso algunas veces se lo ponía a la comida... ;-) Y no podía faltar una buena música de fondo. Arias, conciertos y sinfonías marcaban la cadencia del hervor de los guisos en el horno. Así nada podía salir mal.

Cuando aumentó la familia dejé la cocina. Los frutos del largo curso de cocina energética en Barcelona pasaron a Mónica, que ha cuidado de mis hijos desde que nacieron y sigue preparando amorosamente sus comidas con mano sabia.

Y desde que he vuelto a vivir sola confieso que he abusado de latas y bolsas de ensalada. No me culpo por ello, era lo que tocaba.

Por eso ahora me ha sorprendido el estallido de colores y aromas en mi cocina. De repente me han vuelto la inspiración y la chispa. Y especialmente cuando, como anoche, el dolor del proceso de reconstrucción de mi pecho ha sido grande, me levanto con ganas de exorcizar los fantasmas nocturnos y me meto temprano en los fogones. Hablo con el curry y la canela, hago un guiño a los piñones y las pasas, y preparo tablas y cuchillos para que empiece el baile.

Pura alquimia de otoño en mi cocina.