lunes, 24 de agosto de 2020

Ni hombre ni mujer: soy de género neutro

Desde siempre me han gustado las mujeres. Aunque ese descubrimiento infantil lo tuve que ocultar en el mismo saco en el que estaban mi amor por las botas chirucas y los pantalones de mi hermano. 

Con el tiempo, y tras todos los vaivenes emocionales que pasamos las criaturas LGBTI para crecer y ser queridas, conseguí sentirme razonablemente aceptada por la sociedad a pesar de mi orientación sexual. Así que, tras salir del armario en casa y en el trabajo, milité durante años en colectivos visibilizándome como lesbiana.


Y tras protagonizar la primera boda lésbica de mi ciudad, formar una familia numerosa homoparental,  divorciarme y contar como bloguera la experiencia del cáncer de mama en mi piel, creí que no me quedaban nuevos capítulos por vivir en el activismo social, más allá de seguir siendo visible día a día, para atestiguar que la gente mayor LGTBI también existe..


Pero hace tres años volví a casarme. Cualquier boda es un pequeño huracán familiar, y en nuestro caso nos divertimos muchísimo con nuestros cuatro peques organizando e inventando. Y de forma natural, se formó el equipo de “la novia”, con María y las dos niñas, y el mío con los chicos, para prepararlo todo. Ellas iban a sus pruebas de vestido, y nosotros encargamos nuestras pajaritas a juego, y el coche en el que iríamos juntos. Fueron unos meses fantásticos, y un día que aún me emociona recordar. No sólo por todo lo que significó, sino también porque quien sale en las fotos, por fin, empiezo a ser yo. 

¿Y por qué tardé tanto en encontrarme?


Pues ocurre que hay tres planos muy confusos que orbitan alrededor nuestro sin percatarnos, pero  que cuando no cumplen con lo establecido, te complican dolorosamente la vida: la identidad, la orientación sexual y la expresión de género. 


La identidad es el sexo al que pertenezco. Las personas que nacen con el sexo sentido, son cisexuales. Las que no, son trans. Y si vienes al mundo con cuerpo de mujer pero tu sexo sentido es de hombre, o al revés, te queda un espinoso camino por delante, que en demasiados casos se ve amenazado por la exclusión social.


La orientación tiene que ver con el deseo. Si deseo a personas de mi mismo sexo, soy homosexual. Heterosexual en el caso contrario. Y bisexual en el caso de que me gusten ambos. Todo eso independientemente de mi identidad, de manera que si soy una mujer transexual (nacida como varón biológico), seré además lesbiana si me atraen otras mujeres.


Y la expresión de género habla de cómo me visto, cómo llevo el pelo, cómo me siento o muevo las manos al hablar. Independientemente de mi identidad y mi orientación, puedo ser una persona más masculina o más femenina en la forma en que me presento ante el mundo.


Así que vuelvo a la niña que yo era, que deseaba vestir con la ropa de su hermano y cortarse el pelo, aunque no la dejaban. Todo el esfuerzo de los siguientes 40 años fue para pedir permiso al mundo para ser lesbiana, y encontrar un puerto seguro para vivirlo. Pero aún me faltaba encontrar una expresión de género con la que estar a gusto. Porque la sociedad había reprimido la mía, y no encontraba el camino. De ahí las temidas fotos del pasado, que reflejan a alguien atrapado en horrendas faldas y melenas sin gracia. Cuando tu impulso se reprime, solo te queda adaptarte al disfraz, y las pocas ganas se notan.


En mi segunda boda me lancé a ser yo.  Lo que pudo parecer una adaptación del prototipo heterosexual, por nuestra ropa y nuestros roles, en realidad obedece a algo muy genuino: mi expresión de género es andrógina, y la de María, femenina. Casarme con traje de chaqueta sin ser Ellen Degeneres suponía enfrentarme al juicio social. Pero al final la autenticidad fue la gran vencedora, y todo el mundo se sintió feliz al vernos radiantes en la afirmación, no solo de nuestro amor, sino también de quiénes somos.


Desde entonces, me escucho, experimento y voy recuperando la voz que perdí a los ocho años. Y ahora es cuando la sociedad me enfrenta al binarismo de género:¿soy hombre, o soy mujer? Uno de los instintos humanos más primarios es sexar a la persona que tienes enfrente, en cuanto la ves. Los camareros se deshacen en disculpas cuando me tratan de señor en el restaurante, y mi voz femenina les desmiente de pronto el juicio previo. A mi no me molesta, pero empiezo a echar en falta una mirada más amplia. Igual que ya no me siento bien cuando María me presenta como “mi mujer”, y hemos buscado alternativas a nuestro lenguaje común, incluyendo mi nombre.


Pero ¿significa esto que he dejado de ser mujer, y voy a transitar para convertirme en hombre? No. Tengo un cuerpo de mujer, y muchas características mezcladas. Soy una persona trans no binaria, que no necesita decidir a qué sexo pertenece. También se llama género neutro, o tercer género. O género fluido, aunque este no es mi caso, porque no me levanto más mujer o más hombre: permanezco siempre en el mismo sitio intermedio. 


¿Esto me crea algún problema? Pues sí. Ahora que empiezo quitar capas sociales a mi cuerpo, lo que incluye algunos kilos de más que me añaden curvas no deseadas, me preocupa que me llamen la atención al entrar en los baños de mujeres. O que mi nuevo apellido, ‘trans’, me traiga incomprensión y rechazo. Pero sé que no es nada que no pueda, de nuevo, superar.


Porque los años son un grado, y el elefante tiene la piel curtida después de tanto vagar por la sabana. Así que sigo adelante, y lanzo esta historia para que llegue a otras personas a las que quizá reprimieron también el caminar con las manos en los bolsillos y silbando, o pintarse las uñas y colgarse un bolso al soltar la mochila escolar. Entre el blanco y el negro hay muchos tonos de gris... ¡y de mil colores más!


(para leer el artículo en el Diario Público, pincha aquí)

domingo, 2 de septiembre de 2018

Las pérdidas que no nos permiten llorar

Hace 14 años que perdí a mi hijo Claudio. En septiembre de 2004 yo era una madre feliz, con una preciosa hija de un año y viviendo un embarazo muy deseado, que estaba ya en su ecuador. Pero en la ecografía de control, tras unos ilusionados segundos esperando para oír, como otras veces, el latido, su ausencia habló por sí misma. La ilusión se volvió angustia, la angustia una negra certeza, y ya no hizo falta que nos dijeran que su corazón se había parado.



Recuerdo elaborado por la autora sobre un dibujo de Álvaro Manzanero.

Me ingresaron en el hospital, y me medicaron para inducir el parto. Pero fue más lento de lo previsto, y pasé dos días enteros en el paritorio. Yo sabía bien de la ilusión de esas horas de espera, de la mano de tu pareja, y con la familia dos puertas más allá pasando nervios hasta que llega el ansiado llanto del bebé. Sin embargo esta vez me acompañaba solo el silencio. Las horas resbalaban unas sobre otras, densas y sordas, sin más sonido que el de mi mente queriendo racionalizar la situación para no salir corriendo.

Parirlo no fue más fácil que dar a luz a un niño vivo. Y por contra, qué duro asimilar que todo ese esfuerzo que te rompe las entrañas es para traer al mundo a un hijo muerto. Un fantasma sin nombre al que el médico, en un exceso de paternalismo trasnochado, no me dejó siquiera ver, ni besar.

Mi segundo hijo no tuvo nada para él. Ningún familiar en la sala de espera, tomando café en las largas horas de paritorio. Ni una canastilla, ni celebración. Ni siquiera un nombre. Como llegó se fue, y sólo quedó un espeso silencio de años. Porque una vez que me levanté de la camilla, nadie más volvió a nombrarlo. Ni en casa, ni en la calle, ni en el trabajo. Pasó a ser un mal sueño, y yo cumplí con mi papel de no molestar a nadie con mi propio dolor. La pena negra quedó aprisionada en lo más hondo, como si no existiera.
Ha pasado el tiempo, y hoy tengo una feliz familia numerosa y bastante poco tiempo para pensar. Pero la vida guarda ases en la manga, y hace unas semanas acompañé a mi mujer a un festival de cine que organizan cada año sus compañeras matronas. A lo largo de varias tardes disfrutamos de películas divertidas y emocionantes sobre la maternidad. Y el último día, también de un intenso documental: Still Loved. No sólo cuenta la historia de siete familias que se recuperan de la pérdida de sus bebés, sino que planta cara al tabú social de la muerte fetal y ofrece emocionantes visiones de cómo cada una se enfrenta a la pérdida y la trata de superar.

Yo no estaba segura de querer ir a esa sesión final, pero a última hora me armé de valor y lo hice. Tenía mucho miedo de meterme en terreno desconocido, después de años de contención. Y fue duro, pero también sorprendente. Porque me abrió la puerta a la consciencia. Y por fin me di permiso para recordar que no sólo había perdido un bebé, en el que ya había proyectado tanto amor. Sino que además, al no haber sido a término, no había podido enterrarlo ni llorarlo con los míos. Ni siquiera tenerlo en mis brazos, algo tan terapéutico y necesario para poder hacer el duelo.

En el documental pude ver a madres y padres bañando y vistiendo a sus bebés muertos, y despidiéndose de ellos. Pero con ser imágenes terribles, lo que me rompió el corazón fue ver el jardín de recuerdos hecho por las familias, donde ellas y muchas otras que no habían podido cerrar el doloroso ciclo -porque no tenían un bebé al que besar y acunar por primera y última vez-, hacían con sus manos algo que les permitiera honrar y recordar a su criatura.

Hasta ese día no fui consciente de que llevaba años viviendo con un dolor secreto. Entre otras cosas porque la sociedad no se atreve a nombrar esas pérdidas. Sin embargo, sin apoyo emocional y reconocimiento es muy difícil superarlas.

Mientras veía el documental salía de mí una pena honda, un llanto antiguo que llevaba años enterrado, y no lo podía refrenar. Las matronas de la organización de MUMACÍ tuvieron el acierto de abrir al final un debate con una psicóloga y tanatóloga, especialista en pérdidas y duelo, que fue contestando con empatía a las preguntas y declaraciones de las madres y padres que estábamos en la sala. Ninguna de ellas se hizo sin lágrimas, y fue un bálsamo ese caudal común.

Al volver a casa busqué el informe del hospital, y apunté la fecha del parto. Ya tenía algo de mi niño. Luego verbalicé uno de los nombres que en su día barajamos su madre y yo para ponerle, y lo hice suyo. Y finalmente, con mis manos, preparé un recuerdo que he colgado junto a mi cama. Un cuadrito casero que al acabar cada día, después de arropar a mis otros peques, me permite darle a mi Peter Pan, a mi niño que nunca creció, un beso volado de buenas noches.

Cada día hay familias que pierden a sus criaturas en el camino. Démosles la oportunidad de llorarlos, de decir su nombre y de elaborar su duelo. Porque eso convertirá el llanto en sonrisa, cuando podamos permitirnos por fin llevar a nuestros bebés en el corazón.

(Para leer el post en 20Minutos.es, pincha aquí)

jueves, 28 de junio de 2018

Orgullo y prejuicios

Me gustan las mujeres desde que tengo uso de razón. Aunque la España de los 70 no era el mejor sitio para decirlo en alto.

Así que aprendí pronto a esconder las emociones del primer amor, a vivir en la clandestinidad y a evitar el decálogo social de preguntas curiosas. El armario ya estaba en construcción.

Luego hubo tiempo de perfeccionarlo, jugando al escondite con los demás y conmigo misma. Hasta que encontré a mis iguales: no solo a las que sentían como yo -esas siempre estuvieron-, sino a las pocas que se atrevían a ponerle voz. Y con las primeras manifestaciones y panfletos fueron cayendo tornillos de la estructura y alguna bisagra.

Con el tiempo formé una familia, y desde que se aprobó el matrimonio igualitario regalamos a nuestra prole el derecho a tener dos madres en lugar de una. Fue una boda íntima, de puertas adentro. Ya bastante era que diéramos el paso, tampoco era cuestión de publicarlo.

Bandera arcoiris. Imagen de Sharon McCutcheon /Unsplash.
Sin embargo, en el anonimato de la calle me era más fácil hacer activismo, militar en asociaciones LGBTI, patear la ciudad pancarta en mano y coger el megáfono cada día del orgullo. Tanto, que hasta creí que era la perfecta lesbiana visible. Pero mientras el armario se mantenía más o menos en pie, con alguna madera en buen estado.

Y la vida siguió su curso. Un segundo matrimonio sucedió al primero. Nos casamos el año pasado: dos mujeres a punto de cumplir los 50 y con ganas de fiesta. Y ahí te das cuenta de que lo que te pide el corazón, a la cabeza le cuesta. Qué necesidad de buscar problemas familiares pidiendo que se ilusionaran como nosotras: para crear un cisma, mejor no nos hubiéramos metido en eso.

Pero entonces comenzó el activismo profundo. El de dialogar con quienes más te quieren para que sean justos, y entiendan que una pedida de mano es igual de importante aunque seamos dos mujeres. El de no dar un paso atrás. El de transmitir el orgullo a nuestras hijas e hijos, y hacerles sentir que merecen ser visibles. Aunque a la sociedad le cueste. Ahí sentí que rompía lo que quedaba de armario, y quemaba hasta las astillas. El resultado fue una boda absolutamente mágica, a la que no faltó nadie, y donde triunfó el amor.

Ya no siempre voy a la manifestación del orgullo. Pero he dejado de esconderme en el lenguaje neutro y me refiero a María como ‘mi mujer’ en cualquier situación, por mucho que el repartidor de butano o la chica de la gestoría se sobresalten. Y quizá seamos la única pareja de mujeres de nuestra edad que camina de la mano por la ciudad, y que se besa en público, sin la protección de una pancarta y de un grupo de iguales. Las nuevas generaciones ya lo traen de serie, pero para las niñas de la sociedad tardofranquista ha sido otra la historia, y hemos tenido que ganárnoslo a pulso.

Así que cuando este año vea la cabalgata pasar por mi lado sonreiré sabiendo que, libre de armarios, yo ya bailo a Gloria Gaynor cada día.

(Para leer el post en 20Minutos.es, pincha aquí)

martes, 1 de marzo de 2016

Mujeres que miran a sus hijos

Me acerco a los 50 años, que es recorrido suficiente para ver las opciones vitales que han elegido las mujeres de mi entorno. Mujeres solas, mujeres en pareja, mujeres que han decidido no ser madres, mujeres que han querido serlo y otras a las que la vida se lo ha impuesto.

Yo estoy en el grupo de las madres por elección, aunque una parte de ella venga, claro, de cómo la sociedad nos vende el sueño de ser madres. Que si nos declarásemos en huelga, a ver cuánto le duraba el chiringuito.

La cosa es que yo creía que la maternidad eran bebés rollizos, sonrisas y balbuceos y jugar a las muñecas. Como nos ocurre a todas. Y pasé diez años criando a mis criaturas en ese mundo mágico que las madres y padres inventamos para ellas. Es fácil, cuando todo se da bien, disfrutar de esos momentos únicos. Aunque se van muy rápido.

Menos mal que, así como las endorfinas del romance son necesarias en la pareja, que se vincula para afrontar las dificultades futuras, las niñas y niños vienen a nuestra vida en un formato adorable para despertar nuestro instinto maternal y garantizar su supervivencia. Palabra que creías referida a que se críen bien y sanas, y que va alargando su sentido para cubrir la terrible adolescencia. Si no hubieras idolatrado a aquel bebé, a ver quién te frenaba en momentos límite para no mandar al larguirucho contestón a un internado.

Pero ese vínculo, que es de doble vía, también sirve para pasar juntos por situaciones difíciles para toda la familia. Las parejas se deshacen con frecuencia en esta sociedad en la que las uniones, cada vez más, son libres y no obedecen a intereses económicos ni sociales.

Una se empareja pensando que es para toda la vida. Y cuando  te separas y hay criaturas por medio, ya nada vuelve a ser igual. Ni su infancia, ni tu manera de relacionarte con nuevas parejas, si decides hacerlo y tomarte la vida como un deporte de riesgo.

En mi caso ha sido toda una revolución personal rehacer mi vida con una mujer que también es madre. Pensé que había una cámara oculta cuando esto empezó a ir en serio. Y  es que sumamos cinco peques, dos hijas y tres hijos, entre las dos. Ahora, casi dos años más tarde, doy fe de que las dificultades se multiplican, y mucho. Pero el amor también.

Ya no tenemos bebés que van adonde los llevas. Sino personitas que piensan y sienten. Y yo, que creía que lo mejor había pasado, me sorprendo mirando nuestro salón repleto de actividades y  juegos inventados. Nuestra prole tiene, como todas, sus momentos de ser pesada, ruidosa y dada a la discusión. Pero cada vez son más los ratos de planes compartidos al calor de la familia. Estos pequeños rebeldes no tienen pelos en la lengua, y nos diseccionan entre risas. Pero también celebran con nosotras el amor y la vida, siendo conscientes de quiénes somos y de la magia que nos ha puesto juntos en el camino.

Así que pienso en las opciones que tenía como mujer y, a pesar de que nada es un camino de rosas, me ratifico en la que he elegido. Me declaro feliz, absolutamente enamorada de mi gran familia. Y agradecida a la vida. Porque guiar a estos seres para salir al mundo, y hacerlo de la mano de la mujer que amo, es un regalo que da sentido a mi existencia.

martes, 11 de agosto de 2015

Yo también las he matado

Señor juez, vengo a entregarme.

Ya sé que han detenido al padre por el presunto parricidio. Y que la fiscalía ve indicios claros de culpabilidad. Pero escúcheme, siéntese un momento conmigo y lo entenderá.

Yo soy la vecina que escucha discusiones y golpes por la ventana del patio y no llama a la policía, porque en cosas de pareja no hay que meterse.

Soy el hermano que le dice a ella que aguante, que siempre estará mejor en casa y con un sueldo que mantenga a sus hijos. Que los insultos se olvidan y los morados se tapan, y la vida es así de injusta. Pero es que un hombre es un hombre.

Soy la madre y el padre que no enseñan a sus hijos a amar a sus parejas en lugar de poseerlas, inculcándoles valores y respeto. Que si hablan de sexo seguro es sólo con ellas, porque la responsabilidad no es cosa de los varones. Y que no educan a sus hijas para que se valgan por sí mismas, en lugar de necesitar a hombres que las protejan y las salven.
Soy el maestro que destila sexismo y cree firmemente que las mujeres están mejor en casa. El que trasmite la desigualdad patriarcal, ayudando a consolidar la pobreza en España en el lado femenino de la balanza.

Soy la directiva que prefiere contratar hombres que no se embaracen ni falten al trabajo por las anginas de sus criaturas. Y el marido que prioriza su carrera por delante de la de su mujer, que al fin y al cabo iba a ganar menos por el mismo trabajo. Soy la sociedad que no permite la autonomía de las mujeres, que se ven encarceladas también económicamente por sus verdugos.

Soy el juez que permite el avance del neomachismo lavándose las manos con las custodias compartidas impuestas. Esos regímenes concedidos al por mayor en muchos casos a hombres que nunca se interesaron por el cuidado de su prole, pero que las piden para seguir controlando y angustiando a sus exmujeres.

Y soy el responsable político que cree que 44 niñas y niños asesinados por su padre por violencia de género en la última década en España (26 de ellos ahogados, acuchillados o tiroteados durante el régimen de visitas) o que 1.360 mujeres asesinadas por terrorismo machista solo desde 1995 no son asunto de estado.

Señor juez, ya sé que no me ve ensangrentada. Pero si supiera en qué medida soy cómplice de esta sangría de dolor y de vidas, no habría clemencia que me salvara.

(Para leer el post en 20Minutos.es, pincha aquí)

martes, 31 de marzo de 2015

Savia nueva

Qué curioso es el tema intergeneracional. Te pasas años viendo a los peques de la familia como a unos cachorritos juguetones, rebosantes de vida y de ternura. Y los sitúas en esa burbuja de algodón que crees inmutable.

Hasta que un día ves con sorpresa que empiezan a salir al mundo. Y es sin preaviso.

Mi sobrino Álvaro me contó el domingo que tenía el encargo en clase de lengua de escribir sobre un personaje de su elección. Y él decidió contar mi historia.

Se me abrieron los ojos como platos, de la curiosidad. ¿Qué podía contar sobre mí que pudiera ser interesante para la gente de su edad? La respuesta está en su texto, que copio más abajo.

No sólo me emocionaron sus palabras, repletas de cariño. También me llenó de orgullo la sensibilidad que muestra un chico de 15 años cuando es capaz de resumir tu esencia en pocas palabras, poniendo el acento en luchas sociales y personales a las que te ha costado décadas llegar.

Gracias, Álvaro, por romperme los esquemas. Y por ser la prueba viviente de que otro mundo es posible.

Álvaro en la cima, mirando más allá del bosque

"Mayte es una amazona. Es madre. Es lesbiana. Y tiene un solo pecho.

Cuando creces en un mundo que no te acepta como eres… y aun así luchas para mejorar todo aquello que te disgusta. Cuando cambias tu pequeño mundo, fiel a tus principios… y un cáncer se encarga de quitarte aquello que te identifica como mujer. Esa es la vida de Mayte. Una activista contra el paro, los desahucios, la pérdida de derechos laborales y la vuelta atrás en las políticas sociales de este país; contra la homofobia y el machismo. Busca un mundo mejor en el que sus tres hijos puedan ser felices.

Conozco muy de cerca a Mayte. Y sé lo que ha sido para ella todo por lo que ha pasado. Se ha sentido avergonzada de sí misma. Humillada.

Mutilada.

Pero es una amazona. Una amazona que ve la botella medio llena. Que llena su vida con su trabajo, con su familia y amigos, con la música, con su amor por la naturaleza y por lo correcto. Con su amor por la felicidad.

Una amazona con su carcaj a la espalda. Porque cada día trae a su vida una causa, un momento, una emoción, un instante al que dirigir flechas multicolores".

jueves, 19 de marzo de 2015

Sombras entre las sombras

Se ha escrito mucho sobre la película de la temporada, ‘50 sombras de Grey’, entre otros sitios en este mismo blogen la voz autorizada de Alejandra Luengo. Tanto se ha dicho que, sin haberla visto, ya se me estaban quitando las ganas. Además, las críticas eran tan malas que decidí que si iba al cine iba a ser para ver algo mejor, ahora que hay que pensárselo dos veces antes de pagar una entrada.
Sombras entre las sombras. Imagen de TrasTando sobre una imagen publicitaria de la película 50 sombras de Grey.
Sombras entre las sombras. Imagen de TrasTando sobre una imagen publicitaria de la película 50 sombras de Grey.
Pero reconozco que otra parte de mí tenía unas ganas inconfesadas de verla. Como persona interesada en el BDSM (bondage, disciplina, sadismo, masoquismo) me picaba la curiosidad por saber qué enfoque habrían dado a una película destinada al consumo de masas. Y más conociendo el puritanismo norteamericano, donde pasarse de la raya supone entrar en la lista negra y ser considerada cine X, con una merma considerable en caja.
Al final pudo mi curiosidad y aprovechando que una compañera de trabajo me pasó la cinta, un domingo me apoltroné con una bolsa de chocolatinas a disfrutar con mi chica de una tarde de cine y sexo no convencional.¿El balance al apagar la tele? Pues que lo mejor había sido el chocolate. Porque la película me dejó mal sabor de boca.
En primer lugar, porque creo que quien escribió el guión (no he leído la novela y no sé si la película es fiel a ella) no ha explicado nada bien la esencia del BDSM. Esta es una disciplina erótica que se basa en el consenso, esa es la base de todo.  Y donde las prácticas normalmente empiezan de forma gradual mientras se cimienta la confianza mutua, que hace que con el tiempo el dolor -siempre dentro de los límites deseados y previamente pactados-  intensifique el placer. Sin embargo en el largometraje Christian Grey no inicia realmente a su chica, sino que se limita a presentarle un contrato y a llenarla de golpes sin pasar siquiera por la casilla de salida. Y Anastasia Steele se deja hacer durante un tiempo, sin entender de qué va el tema y aguantando por amor. Vamos, que lo intentan plantear peor y no les sale.
Y la segunda lectura, que me llenó de frustración, tiene que ver con la cantidad de estereotipos machistas que tiene la cinta. Me tiraba de los pelos viendo cómo una película que podía tener el valor de acercar al gran público a realidades nuevas, de esas que te pueden ayudar a abrir la mente a la tolerancia y al disfrute, lo que transmite es un mensaje absolutamente negativo para las mujeres.
Además del sempiterno cliché de ‘hombre todopoderoso conoce chica mona que no es nadie en la vida y le enseña lo que vale un peine’, con todos los añadidos de los roles del mujeriego y la virgen, del hombre de mundo y la doña nadie, subyace algo en toda la película que pone los pelos de punta. Y es la impunidad de este individuo a la hora de ejercer un férreo control sobre la protagonista.
Así que para mí las verdaderas sombras de Grey son cada uno de los momentos en que exige a Anastasia saber adónde va, con quién sale, qué va a hacer después. Y la manera en que la acosa presentándose sin ser invitado, invadiendo el espacio personal de ella para que no olvide que le pertenece.
Menudo mensaje para transmitir, sotto voce, en cada fotograma de una película destinada a ser consumida por millones de personas. Y es una doble frustración haberla visto, además, en el día de la Mujer. Te dan ganas de tirar la toalla al ver cómo todo el trabajo de las personas feministas en pro de la igualdad entre géneros es solo una pequeña muesca en el enorme embudo de quienes manejan a las masas, con inversiones millonarias además en publicidad. Me hace pensar que a esos popes debería exigírseles un mínimo de ética, de responsabilidad social, para evitar que estos ejemplos alimenten lacras como la violencia de género, que tantas vidas de mujeres se cobra al año.
Mi hija aún es pequeña para ver la película. Pero apelo a las mujeres con hijos e hijas jóvenes para que hagan con ellos una reflexión sobre esta apología de la dominación y el control. Porque la vida real no es como una sesión de BDSM, en que los límites están pactados y hay una palabra de seguridad. La realidad a la que las mujeres nos enfrentamos es un mundo hecho a la medida de los hombres, en el que la tradición machista y los roles reproducidos por los productos de gran consumo como este, nos llevan con frecuencia a la difícil posición de ser consideradas objetos sexuales. Sobre todo entre las chicas jóvenes, con menos herramientas para hacer frente a la presión de un entorno que ve normal que sus novios las controlen, porque es parte del modelo de amor desigual que la sociedad les vende.
¿La receta? Educación en valores y sentido crítico a las mujeres de nuestra vida para no perder el norte de quiénes somos, a pesar de este mundo que nos sigue queriendo relegar al lado débil, insignificante y pasivo de la balanza. Porque frente a un Grey en sombras, no hay nada como levantar la persiana y dejar entrar la luz.

(Para leer el post en 20Minutos.es, pincha aquí)